LAGARTOS

 

Por Juan Francisco Costa

 

"Lagartos", es de una originalidad y una opulencia imaginativa que me ha maravillado. Pero esto, con ser verdad, no deja de ser un lugar común. Penetrando más en la verdadera naturaleza de la obra, haré algunas consideraciones.

1) El primer acápite de Tertuliano "Credo quiam absurdum", direcciona parcialmente el libro, dando una clave de su reducción al absurdo de todas las proporciones del universo, lo que de por sí descubre una mirada absolutamente novedosa, poliédrica y reveladora. Yo, por mi parte, amo más la frase de San Anselmo: "Credo ut intelligam", porque soy acaso -a despecho de mi fe-, demasiado racionalista. y en mis profusas lecturas teológicas, no dejo de buscar una razón de todo "para entender". Sin embargo, asumo lo acotado de la razón, y me asombro ante la exuberante maravilla de las cosas. Acepto y creo.

2) No me parece que los textos sean una alegoría de nada, ni remotamente. Y descreo de su condición simbólica. La alegoría es rigurosamente simétrica, equivalente parte a parte, como uno les enseña a los muchachos cuando estudia Dante. Lagartos desborda todo, multiplica los ángulos y los espejos, y hasta las personas gramaticales del discurso, como en la secuencia 27 de la primera parte, en que se verifica un deslizamiento de la tercera a la primera persona en que acaba el fragmento; tal como si se produjera un corrimiento de la identidad del reptil a la del hombre. No hay alegoría, y no veo tampoco símbolo. Hay sí, una literalidad que se dispara a diferentes estratos del discurso y sus referentes. Lo que redunda en una deriva perenne de los significados. Hay extrapolaciones radiantes, del universo animal al humano y a la inversa. Y momentos de gran poesía, como este, por espigar alguno: "Las primeras guerras fratricidas ocurrieron entre los escamosos y los tuátaras. Peleaban por la belleza de una garza rosada que ninguno había visto". Nos remite en intuición genial, a la fatídica condición de nuestros enfrentamientos, a su naturaleza trágica, y su remisión mítica como la de la belleza de Helena en la representación de los aqueos y troyanos. Hay una elevación del cocodrilo a criatura sagrada: "Más allá de lo contingente está el cocodrilo". (...) "Un paso arriba de lo visible se ubica el cocodrilo". Todo confluye a esta dimensión mítica del universo que dé razón -¿razón?- a lo que es. Todo es igualmente válido y reversible. "Credo quia absurdum".

3) No pude menos que asociar estos textos sagrados, al genial endecasílabo de "Oblación abracadabra" de Herrera y Reissig: "el miserere de los cocodrilos". Sería un correlato perfecto de este libro. O el llanto del lagarto y la lagarta del poema de García Lorca, cantado conmovedoramente por Paco Ibáñez. Porque todo desmentiría la atribuida falsedad del llanto de los cocodrilos. Ellos también lloran de verdad y participan de nuestra acongojada condición. Y convocan nuestra compasión. Así lo trasmite este texto: "Ante las iguanas y las lagartijas puede sentirse la misma secreta piedad que requieren las cosas". Me quedo por último, con esta visión atribulada.

       
 

 

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