UNA VARA DE ALMENDO O LA POESÍA QUE CUENTA
Por René Fuentes


En la dedicatoria personal del ejemplar que recibí de este libro hay una clave de su valor. Allí Garet, con la mejor modestia, dice: “estos caprichos que no saben ni su género literario”. Y por “caprichos” se refiere a los textos del libro, que están escritos en prosa, y prosa son; muchos tienen un contenido anecdótico, y son narrativos; pero todos por separado y en conjunto son poesía y un libro de poesía. Y esa poesía no está escrita desde las certezas actuales de lo que leemos y escribimos como poemas.

Estos “caprichos” son poesía a la usanza de aquella belleza escrita cuando no tenía las limitaciones ni las modas sucesivas del género lírico. Aquí, esa vara de almendro que refiere el título viene resonando desde la naturaleza bíblica y hay varias maneras de dejarse llevar por el florecer de ese árbol vigilante, primero en dar evidencia de la primavera: el almendro (sequed / שקד ); que en la lengua y en la tradición hebreas fue una vara florecida, y otra vara entre tres, y fruto de árbol, y ofrenda…

Por eso, de tantos modos y desde entonces, ahora llega con un lenguaje suave y un mirar pueblerino la noción de poesía de este libro. Una poesía que no se sabe ni se quiere decir como poema, sino como algo breve y simple de lo que cerca ocurre y pasa.

Y eso ofrece Una vara de almendro: momentos lingüísticos, visuales, experienciales, vívidos por lo que se puede contar desde la brevedad y por lo que se puede imaginar desde las cercanías de un pueblo. No una ciudad (aunque muchas veces la denominación elegida es “ciudad”). No un páramo. No un imperio. Sí un pueblo con sus personajes, con sus costumbres, con todo eso levemente maravilloso que a veces ni alcanza para decirlo.

Otro buen comienzo para este libro pudo ser el texto 8, titulado “Vasos comunicantes”. De todos modos, allí está escrita la premisa estética de Una vara de almendro: “Un libro de poesía es un inmejorable lugar para escribir un cuento”. Y en éste y en otros textos como “La siembra de la palabra”, “El cartel del avión”, “La escritura y sus ecos”, “Libreta roja”, “El vestuario del Ángel” y “Los jueves de verdad y de mentira” algo tiene para contar la poesía.

Y esa anécdota mínima no viene por los trillos habituales de ningún género.

Y sí la poesía, poco a poco, va dejándose leer y creer.

       
 

 

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