LAS HOJAS DE PAR EN PAR

 

por Miguel Angel Campodónico

No es fácil para quien se mueve entre ficciones literarias propias y, por consiguiente, está demasiado inmerso en sus búsquedas personales, en sus obsesiones de raíces profundas, mudarse de golpe de su mundo literario - al parecer único e irrepetible -, sacudirse de encima eso que podría llamarse su "marca de fábrica", literaria, y ponerse sin más trámite a reflexionar en público más o menos libremente sobre la obra de otro después de simular que realmente se ha desprendido de la suya propia. A pesar de que tengo presente esta dificultad, acepto con gusto la amable invitación de participar en este acto aunque en principio, por lo que acabo de decir, pudiera aparecer en contradicción.

Confundiré entonces mis gustos literarios con los de Garet, mis miradas con las suyas, mis preferencias con las de él, teniendo acaso como única justificación más o menos sólida que, como no ejerzo la crítica profesional, no arriesgaré una efímera mirada crítica ni un vanidoso análisis técnico sobre sus textos. A lo sumo intentaré una aproximación a la obra de otro - la suya - a través de sensaciones o de afinidades sensibles que, por supuesto, nacerán a partir del descubrimiento de que coincidimos en zonas en las cuales ambos parecemos movernos con similar urgencia y necesidad. Y sobre todo daré cuenta de lo que yo creo que es la literatura para Garet, independientemente de los textos contenidos en su último libro Las hojas de par en par. Para ello, me moveré, insisto, a partir de mis propios intereses literarios que, en buena parte de nuestros itinerarios, me parece que también son los de él.

Casi podría decir, entonces que pretendo conversar conmigo mismo, recordarme algo de lo que Garet comunica en sus libros, participar, digamos que a la intemperie, de algunas de sus preocupaciones, aún sabiendo que de esta manera abandono la incomparable y protegida soledad del lector y que traiciono el necesario silencio que produce cuando uno lee la última página de un libro y cierra los ojos para seguir viendo por unos momentos más el mundo ajeno que se le acaba de incorporar.

Frente a la obra toda de Garet, siento como evidente, en primer lugar, la necesidad de transmitir una comprobación que tiene directa relación con su postura frente al acto literario: desde hace años él se mantiene empecinadamente fiel en un camino que no se caracteriza por el cálculo, no por el rédito, ni por la comodidad. Su literatura es íntima, se ubica fuera del gran escenario sinfónico, huye del estruendo y del resultado espectacular, se pone al abrigo del grito de ópera, se acomoda sin vacilaciones en un ambiente de cámara y en él se desarrolla casi a media voz preguntando y contestando, intentando persuadir y modificar a través de la transformadora poetización de la palabra. Y es precisamente de cara a esta clase de literatura, alejada del estruendo de los timbales y de los clarines, que yo me siento cómodo.

Garet siempre ha construido su propio universo literario, tanto en sus libros de poesía como enlos de narrativa, con una cierta clase de sordina en clave de interpretación del mundo, en sucesión de palabras que han decidido desafiar a la realidad para atravesarla con audacia. Para reelaborarla, para calarla hasta el mismo centro y levantar sobre ella su reflexionado mundo de ficción. Leyendo a Garet, se siente con toda claridad que es verdad aquella afirmación que se le atribuye a Dante, en el sentido de que "la literatura no es un pasatiempo".

Y es bueno recordar ahora una afirmación al parecer tan elemental, subrayar que para quienes estamos en esta mesa escribir no es una diversión de fin de semana, ya que cada día resulta más claro que existen varias clases de literatura y que, últimamente, asimismo a un florecimiento de muchas actividades, entre ellas, por supuesto, la literaria, que son encaradas como entretenimientos, como formas triviales de escapar al aburrimiento. Estoy convencido de que quien quiera solo entretenerse, quien desee apoyarse sobre los codos para ver pasar el tiempo al correr de las páginas de un libro, claro, no debería leer a Garet. Así como el mismo dice que este último libro Las hojas de par en par, "bienaventurados los que no creen en la velocidad, que es una forma mentirosa del cambio", creo que con toda coherencia podría agregar "y bienaventurados lo que no creen en el ruido porque impide escucharnos", ya que lo que siempre parece ocupar a Garet es construir sin apuros innecesarios ese diálogo incomparable que debe darse entre autor y lector.

Todos sabemos que hay escritores a quienes les alcanza con contar barullentas historias. Y que, en general, lo único que logran es contribuir a la sordera de todos. También sabemos que hay ciertos editores que buscan con ansiedad los textos que, gracias al ruido inicial, habrán de difundirse con facilidad. Tanto como que hay lectores que, seducidos por los gritos, leen fácilmente esos libros que se venden en medio de gran publicidad. Y que hay hasta críticos que se unen a esos gritos para celebrar la aparición de libros semejantes y acelerar su difusión. Libros que no inquietan, que no marcan ni despeina a nadie. Es que la literatura ofrece la misma variedad de clases que, por ejemplo, las telas.

Dejemos que cada uno se vista con el escritor que más le siente. El libro hace un camino, tal como el del Señor, absolutamente imprevisible. Los grandes editores a veces tratan de competir con esos caminos y trazan los propios.

Casi siempre son callejones sin salida. Garet prefiere - y yo estoy de acuerdo con él - el paso lento, terco y porfiado de las publicaciones menos ruidosas, Y así, cada centímetro que logra avanzar es realmente una superficie ganada. A puro esfuerzo del texto, sin inquietos intermediarios con el lector. Y es en ese privilegiado lugar que yo creo que debe ubicarse a la literatura de Garet.

Quizás por esa misma razón, Garet no deja de sorprender. Se las ingenia para iluminar inesperadamente nuevos ámbitos, para introducirse en nuevas zonas de la realidad, para acercarnos tajadas de reflexión poética ahí donde no esperábamos que se instalara. Y esto sucede en su obra édita, por supuesto, pero también en su obra inédita, al menos en parte de la cual tuve oportunidad de sumergirme no hace mucho tiempo. Es decir, en su obra toda. Poesía y reflexión, anuncio y confirmación a través de la palabra, pero solo a partir de todo cuanto Garet lleva escrito en primer lugar, y desde mucho antes de trasladarlo al libro, en su propio interior. Porque Garet, tal como yo creo que conviene a la buena literatura, solo pone en manos del lector lo que durante bastante tiempo estuvo germinando en él mismo.

Después de numerosos volúmenes, de prosas y poemas varios, de ensayos y de investigaciones literarias, ahora con Las hojas de par en par, estamos de cara al lado verde del mundo de Garet. ¿Verde? Más bien, frente a frente con la esencia del mundo natural de Garet. Del color esencialmente verdadero. Enfrentados a la raíz, a esa planta primigenia en la cual, según nos recuerda en el acápite, creía Goethe. Un mundo natural que desde su esencia escondida nos observa y nos acompaña, que nos transforma, que se hace escuchar y que exige atención porque, entre otras cosas, de seguro habrá de sobrevivirnos. Es decir, un mundo que roza la eternidad.

Porque a lo que Garet apunta en este libro, como en los anteriores, es a separar lo aparente de lo real, la máscara del rostro, el antifaz de la profundidad de los ojos. Por esa misma razón es que yo no creo que "Las hojas de par en par", deba ser mirado como un libro que de alguna manera marca un golpe de timón en la literatura de Garet. Él hace en este libro lo que ya hizo antes, lo que seguramente seguirá haciendo: poetizar, reflexionar, indagar, enterrarse en la raíz.

Todos los textos son cortos, pero algunos son cortísimos - síntesis propia de la poesía - flechazos que atinan en el blanco y provocan algo así como una explosión central en medio de un mundo aparentemente quieto y ajeno a lo humano, de un exterior tolerado con una gran dosis de indiferencia, pero que, sin embargo, esta íntimamente vinculado a nosotros. Un mundo que, como todos, es necesario escarbar para descubrir lo que guarda en sus entrañas. Es el caso de la metáfora del relato titulado "La formación de los cuerpos", ese texto en el cual Garet habla de los trozos de un metal que antes de ser soldados son pintados por dentro con un color verde que nadie habrá de compartir porque estará escondido, un esfuerzo en apariencia inútil por crear una tonalidad en una superficie que si bien no podrá verse será el que definirá la poetizada esencia de esos trozos más allá del alcance de la vista humana.

Garet, como en el primer texto de este Las hojas de par en par, llamado "Iniciación", nunca se propone con su literatura mantener la silenciosa tranquilidad del sueño. Quizás por eso con él inaugura el libro asegurando que no es sólo por las hormigas, los caracoles y las arañas que los jardines de las casonas no alcanzan el descanso a la hora de la siesta. Nos dice que son también responsables las plantas fugaces llamadas "muchachos ", las cuales roban tiempo y liberan tiempo junto a un árbol, una enredadera, un gemido ahogado. Y justamente, Garet actúa como uno de esos "muchachos", su literatura no llega para contribuir al descanso del lector. Más bien, trata de inquietar, de despertar, de sacudir.

Al mismo tiempo, los pasos de Garet hacen también pensar en los de las hormigas, insectos de los cuales se ocupa más de una vez en este libro. La tenacidad de ellas es la misma a la cual ya me referí y que siempre exhibe el escritor. De acuerdo a lo que leemos en "El enemigo" y en Inmortalidad de las hormigas", es inútil intentar despistar a una hormiga, nada es capaz de apartarla de su camino. Ni siquiera se la desorienta, dice Garet, cambiando el aroma o el color de las flores. La hormiga siempre sabe cual es el camino y a que lugar debe llegar.

Esos hombres que en uno de los textos de Las hojas de par en par, tiran descontroladamente veneno por el aire en un absurdo e inútil esfuerzo por eliminar de una vez a los insectos, mueren como consecuencia de su propia actividad mientras los hormigueros continúan creciendo "abultados en fiesta", según las palabras de Garet. Es que, según él, "nada puede liquidar a las hormigas, ni siquiera que nos corra veneno en lugar de savia". Nada más cerca de lo que supone la actividad de un escritor decidido a dar con la verdad, metido en lo suyo contra viento y marea. O contra veneno. Como nada puede desorientar la postura de Garet frente a la literatura.

En los distintos textos de Las hojas de par en par, las plantas son capaces de modificar la falta de interés de una lamentable clase liceal hasta transformarla en un grupo activo y preocupado por aprender, los claveles no sirven para proporcionar dinero por su venta en el pueblo sino para escribir dulcemente los nombres en rojo y blanco de la pareja que los cultiva, las anémonas, en cambio, no requieren que nadie las cultive y sonríen a los extraños, como los niños, otras plantas portadoras de nombres humanos entristecen y enferman porque no son tratadas en su conjunto como "una vida sola con diversas formas y colores", al tiempo que hay árboles que, como otros seres vivos, también son capaces, por obra de extraños maleficios, de causar daño, etc. Así podría continuarse hasta agotar los textos de este último libro de Garet, para verificar que el mundo que él pinta, más allá de lo metafórico o de lo paródico es el mundo de los humanos, que no hay en su literatura una sola línea que se le aleje. Como toda literatura de imaginación - y la de Garet lo es – "Las hojas de par en par ", parte de lo real, de la "verdad" entre comillas, para al final transformarla con imaginación poética.

En el relato titulado "Retorno a la lectura", Garet escribe refiriéndose a un singular libro que el protagonista esta leyendo: "Una vez que creí agotadas las posibilidades de los ojos, dejé que los dedos recorrieran por propia iniciativa la superficie de las hojas. Inesperados placeres se prendían en las yemas de los dedos. Cuando lo había recorrido como puede un ciego disfrutar una escultura, lo deposité sobre la mesa de mi cuarto". Esta veneración, casi adoración ciega, del libro que lee el personaje de la ficción de Garet, también puede sentirse en la realidad a partir de los placeres que afortunadamente continua ofreciendo la lectura de una clase especial de literatura, la del propio Garet, por ejemplo, la cual sigue filtrándose en el lector mucho después de que dejó el libro sobre la mesa.

Es que la soledad que nos propone compartir un escritor como Garet al crear, también está proponiéndonos el arte como la forma más hermosa de error, la forma más pura de fe, la única manera de apropiarnos de un instante de eternidad.

EL PUEBLO, Salto, miércoles 4 de agosto de 1999.

 

Miguel Ángel Campodónico, Montevideo (1937). Escritor y periodista. Secretario de redacción de Maldoror, colaborador de Aquí. Autor del Diccionario de la Cultura Uruguaya (2003). Entre su narrativa: Donde llegue el río pardo (1980), Descubrimiento del cielo (1986), Invención del pasado (1996).

       
 

 

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