El Observador

 

80 noches y un sueño

 

La mano de un hombre imperturbable mantiene encendidas las estrellas del cielo, La lámpara, para la tercera noche; en la quinta, una fuente da la vida a la caza muerta; una fiesta no termina del todo hasta que queda solo la respiración con uno mismo, Despedida de la sexta noche; resuenan ecos borgianos: El libro de los seres imaginarios, en el relato donde aparece la plaga de insectos devoradores de números, Los números; El libro de arena y su remake, El Libro... Hay versiones libres y afiladas en la brevedad de los viajes de Gulliver. En la noche 48, un payaso se come una rata gris, Fotos; dos hombres tratan de elaborar el mapa de la mujer en la noche 54, Mapa; la cercanía de García Márquez se estrecha en Feria, la noche 53: una mujer vende sueños (antes se alquilaban para soñar); no falta el recuerdo para Octavio Paz, Ojos en la noche 50; más de un hada y muchos libros; una extensión generalizada y entusiasta de las autopsias que lleva a la extinción, para la noche 66 (como aquellos reductores de cabezas de Monterroso); la imagen de un Dios convertida en canto para la noche 77.

80 noches y un sueño es algo más que una recopilación de relatos breves ensartados en un título (desde la unidad del número viajero con mundos de Verne y Cortázar). Dicen los científicos que no hace falta descollar como un gran soñador para lograr ochenta sueños en una noche, recordarlos es otro cantar, pero el salteño Leonardo Garet (Uruguay, 1949) le da la vuelta al relato hiperbreve, la ocurrencia extemporánea, la variante del cuento ajeno, la paradoja, la aprehensión de la realidad a través del relato, o el simple juego y la diversión. Garet satisface esa desazón que se apodera de quien imaginó algo con gusto, de aquel que pensó en una historia sencilla, eficaz, cerrada, perfecta en su pensamientos, en su paseo, en su sueño. Pero dejó de pensarla o de caminar y la olvidó en todos sus detalles, despertó y sufrió intentando recordar la verdad inexpresada que, por un momento, había alcanzado a rozar.

Mucho de eso tiene la poesía, y esta prosa breve la recuerda como una ensoñación lograda y ocurrente. A veces anotar y registrar las ideas lleva a libros como este, que funcionan de maravilla si bien tienen un público tan raro como el de los poemarios. Una lástima.

Los lectores de novelas o de historias con "un hilo" deberían enredarse con estas hebras. Una hilacha para acercarse a Garet: Los buscadores. "Andaban buscando muertos a todo lo ancho y largo de la provincia. Lo único que importaba era que fueran grandes porque se iban a utilizar sus huesos para hacer un...".

Añadir la palabra justa completaría la noche número trece, que ensaye el lector.

 

Josean Pérez Aguirre
Montevideo, El Observador, 26 de octubre de 2003

       
 

 

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