EL ADIVINO

 

El adivino subía la escalera. (Siempre lo veo con un pie en la escalera, que puede ser la que une trabajosamente con la puerta del sol, o la del Palacio Legislativo de Montevideo). Escalones como ciudades, como ladrillos con un río adentro, como el zumbido de una avispa enredada en un pentagrama. Nunca escucho las profecías: me despierto con el ademán que las anuncia o contiene.

El adivino subía la escalera. Esta vez todo fue distinto. En la mitad se dio vuelta y me miró. Se quemaban los campos de girasoles junto al camino que me había traído a la escalinata. Estábamos solos, rodeados de edificios que caían como muñecos de cartón. De golpe, supe que mi ciudad era una escenografía. Las luces de mercurio quedaron como abejorros sobrevolando las ruinas; después, cayeron también. Entonces el adivino salió del sueño.

Recuerdo que un momento antes de despertarme, sentados en la alfombra de la escalinata, recorrimos las ciudades amuralladas, las de barro, cavernas y batallas de distintos siglos, una a continuación de la otra, en el mismo campo. Salió del sueño; nos saludamos; compartimos un café.

1980 no le decía nada; era como si nuestro año y nuestro siglo no existieran. Supe que sus visiones recorrían la eternidad y que preguntarle algo de ahora, era como para nosotros definir la situación de una hora determinada de hace diez años. Hablaba más o menos así: “Las guerras son fogonazos”, (fue lo que dijo cuando le pregunté por el resultado de la tercera guerra mundial), con evasivas y generalidades. Deduje que los sucesos se le presentaban como un radiante mural de colores, el lingüista diría, ve la diacronía como sincronía.

“Pero nada sé de la muerte y yo también voy a morir y no sé si todo se termina...” A esta confesión agregó: “Veo todo lo existente, atravieso el tiempo pero no la muerte... Una noche descubrí que te agitabas cuando dormías. Vine para que supieras que aquella imagen era la mía...” Solo las profecías incompletas se pueden proclamar; hay quien puede hacerlo y es el profeta o adivino que el mundo reconoce. Para mi nada se termina y todo es un solo suceso”.

Nos levantamos del comedor y salimos al patio. “Palpitabas de emoción ante las ciudades, cavernas y batallas que te mostré, porque te parecieron tu pasado remoto; pero eran el futuro de este tu presente. No viajaste. Desarrollé la capacidad de proyectar mis visiones como única forma de trasmitir algo de tu mañana. Las palabras mueren. Nadie cree en ellas y todos las trafican... Veo el color de estos árboles mañana, y la máquina que los derribará en unos años; tu sonrisa incrédula dentro de unos instantes y tu ancianidad de sabiduría; escucho las palabras con que se iniciará una nueva lengua; tocando tus manos toco a tus nietos, mi tiempo es la historia de los siglos...”

El me iba respondiendo a medida que me quería nacer una pregunta. Me indicó que volviera al cuarto, me acostara y cerrara los ojos. Se alejó subiendo la escalera.

 


 

LOS HOMBRES DEL AGUA

 

La inauguración del nuevo sistema de lluvia en el parque 3. El éxito. Y no sólo para los más pequeños. Varios minutos de imágenes y locutor exaltado. Gotas grandes, espaciadas, desde una altura difícil de determinar y fondo oscuro cruzado de relámpagos y rayos. El señor Cristiano con el mapa programa podía guiar a su hijo por el parque. Hasta ese día el pequeño Oscar Cristiano conocía los árboles, el pasto, la tierra y la lluvia, por los especiales programas culturales de la panvisión. Aparecían en una sección dentro de “La historia del planeta”, que se irradiaba antes del largometraje en vivo de la actualidad.

El día, las postergaciones y el día. Oscar Cristiano y su padre habían tomado el subterráneo que unía las dos autopistas centrales y se bajaron a los diez minutos. El coche eléctrico los condujo por los nuevos bloques de viviendas comunicados en su último piso por angostos puentes que permitían vislumbrar la luz del sol. Sacaron la entrada total al parque. Un sacrificio de este tipo se justificaba: podían contemplar los seres vivos, comprar cualquier juguete, adorno o vestido que estuviera fuera del plan de supervivencia iniciado hace unas décadas con los edificios sellados. Atrás, atrás por un día el más hermoso adelanto de la civilización. Al señor Cristiano lo removió una especie de sensación de traición al plan desde el fondo de su cuerpo acariciado por los sedantes de la caja semanal, contentiva de su tiempo y preocupaciones solucionados, y de los alimentos, los vestidos y el recambio —cuando era necesario—, de los aparatos y enseres. Se tranquilizó cuando pensó que este viaje estaba previsto en el plan. Entonces si, atrás el plan de supervivencia sin los nuevos artículos de libertad del plan.

Por un día padre e hijo podían recorrer el Parque 3 caminando entre árboles, semillas y hojas. Se agachaban arrancando pasto, levantando piedras, ésta mejor que la otra, cortando ramas y hasta filmándose subidos a un árbol o con los pies en el agua. Oscar Cristiano quería llegar a la galería de venta, a las revistas y juguetes, apresuraba el paso forzando a su padre a despedirse de una sombra fresca por donde correteaba con las palomas. Prefería la promesa de la galería. El juguete elegido, el descubrimiento de la búsqueda y el hallazgo. Recorrieron la promocionada zona de lluvia, mirando hacia arriba, tomando agua en la palma de la mano. Por fin llegaron a los pasillos de helicópteros y calesitas. El señor Cristiano traía su sobresueldo entero para comprar recuerdos. La desconocida sensación de poder apretando su cartera llena de fichas. Vio libros modestos que no tenían ninguna promoción ni figuraban en las listas culturales. Se compró El Quijote porque le atrajo la rareza de su nombre; dejó La Divina Comedia porque le pareció una mala imitación de los apocalípticos, tan superados. Para su esposa eligió un vaso de vidrio y un cinturón de cuero.

— Yo quiero estos peces —dijo Oscar Cristiano—. “Sólo con agua la vida” Los puedo tener en mi cuarto.

— Homoprontus. Una vez compré un sobre. Son peligrosos, no se los puede sacar del agua. Los venden con la pecera hermética. Llevamos ésta.

El niño entregó dos fichas y se guardó en el bolsillo dos sobres como de semillas.

La hora del almuerzo fue larga, la paladearon en varios puestos antes de sentarse en uno frente al lago y pedir vino. Poco tiempo para el retorno; gasto avaro de las horas; en la última recorrieron casas distintas, individuales, confundidos ya en la conversación, conversación no inducida ni con finalidad concreta, conversación que tendría como sombra en su centro el lamento por la ausencia de la madre —atrapada por el programa de la panvisión—, pero que seguiría impetuosa, arrebatada, ignorando el tirabuzón del subte, los ascensores, desbordando años de silencio, desbocada, tonta, loca conversación hasta chocar con el dedo de la madre que les indicó otro ambiente. El padre armó la pecera e insistió en tirar él mismo las piedritas negras, duras, como de vidrio.

— Viven unos días—, dijo después de hacerlo, cuando ya enroscaba la tapa de la pecera.

Desde el fondo empezaron a diferenciarse las pelotitas y a medida que subían dejaban caer una gelatina negra, el envoltorio que los oprimía. Oscar asistió maravillado a la transformación. Ante sus ojos se materializaban perros, monos, leones —un hombre, mirá, y otro y otro— moviéndose perezosamente.

— Están desnudos, padre, son idénticos a nosotros.

— Homoprontus, juguetes de química.

Las figuras del panvisor lo volvieron al padre a su realidad ubicándolo en su reclinatorio. Su esposa lo puso al tanto de los programas que se habían perdido.

Oscar se fue a su cuarto con la pecera y una rama del parque. Prendió su panvisor y se acostó. Más vivas que las imágenes del panvisor, las del parque. Desvelado y con la piel extraña. No había querido bañarse ni tomar píldoras. El silencio había ganado la pieza de sus padres. Superponía los movimientos de estos perros y los del parque; los suyos y los de estas figuras humanas. No nadaban, oscilaban, daban pasos torpes, abrían continuamente las bocas y los hocicos. Destapó la pecera con la misma mano que había acariciado a los animales del parque y las figuras se le perdieron, blandas, gelatinosas, definitivamente desilusionantes. Juguetes de la química, recordó. Le parecieron muertas y las dejó en el portaobjetos.

Despertó en el apartamento ensayando los pasos de la rutina con el desgano de un mal estudiante. Lo sorprendió el pensamiento de que su padre notaría la falta de las figuras humanas en la pecera y decidió tirar la píldora para que eliminara el resto y abrir el otro sobre, declarándolo desde ese momento como perdido. Fue cuando se dio cuenta que las figuras no estaban en el portaobjetos. Dejó caer la píldora y en el mismo momento en que veía precipitarse a los monos y a los leones en una masa confusa hasta quedar como borra en el fondo, vio siete hombrecitos que caminaban, trepaban y saltaban sobre su tabla de deberes. Alargó el brazo y alcanzó uno. Estaba duro, como si el aire le hubiera dado la vida que le faltaba. El hombrecito emitió un sonido, peleó, manotéo, hasta que lo dejó sobre la tabla. En el sobre se leía: “Homoprontus. En base a genes. Desarrollo controlado. Advertencia: la desintegración normal de las figuras se produce a los tres días. En caso de desearse se puede provocarla mediante la pastilla adherida al sobre. En ningún caso se puede dejar materia sin agua hasta su completa desintegración. Homoprontus. Sólo con agua la vida”.

Oscar los puso a los siete sobre la mesa; tuvo que retirar todo lo que había para no perderlos de vista. Los diminutos hombres del agua se reunían, movían la boca. Con más atención y mejor luz, Oscar descubrió a tres mujeres y cuatro hombres.

— Hola—, dijo con la voz paternal de sus juegos, pero por el retorcimiento que tuvieron a él mismo le sonó como un vozarrón. Caminaron los hombrecitos. Las hormigas del parque tenían similar velocidad. Oscar puso la rama del parque sobre la tabla y sintió que la veían como un muro. Ya la iba a sacar cuando vio que los hombrecitos se organizaban y ayudaban a treparla. Retrocedió ante los movimientos coordinados como ante una luz muy fuerte. Retrocedió su razón hasta meterse en los laberintos del miedo. Deseó la llegada de su padre. Antes de levantar el comunicador pudo ver como uno se tiraba desde la mesa. Y cuando hablaba ya con la oficina, los otros miraron hacia abajo y se tiraron también. Cuando entró su padre, lo vio sentado en el suelo y sin palabras. A su lado siete hombrecitos y unas gotas de sangre. El señor Cristiano le puso la mano en la cabeza, fue hasta el cuarto y entornando la puerta para que su hijo no lo viera, abrió la pecera, volcó el contenido del otro sobre y enseguida le arrojó la pastilla disolvente.

II

A Oscar Cristiano le había quedado la imagen de su padre —a pesar de las películas tridimensionales con su voz—, detenida en aquel día del parque. La asociaba siempre con los hombres del agua. Le pareció que quería decirle algo en el momento que volvió del cuarto después de matar las figuras. Habían pasado tantos años y Oscar intentaba descifrar el mensaje de aquellos ojos.

Trabajo en el tiempo máximo y ninguna boleta extra en el plan. Su mujer se había olvidado del joven que quería inventar algo capaz de volver chico cualquier homenaje de la panvisión. Trabajaron para el ahorro y a los diez años se compraron un campo. Eran cien metros cuadrados, lo más que se podía vender, —y cuando moría un propietario sin herederos—, de los quince mil metros en los que no podía haber ninguna huella de civilización. La zona de los excéntricos, amantes de soledad, donde no entraban carreteras ni electricidad. Parcelas abandonadas la mayoría, como nichos inmemoriales. La zona más cara del mundo, con pasto auténtico y tierra-tierra, ni siquiera cuidada como la del parque.

Oscar Cristiano no supo el motivo de su compra hasta que su hijo le gritó una noche:

— No elijas mis amigos.

Y entonces soñó. Su memoria fortificada recorrió todos los pasos dados con su padre por el Parque 3, y escuchó sus palabras, “juguetes de la química, juguetes de la química”. Se despertó y dijo— “De la biología”—. Y fué lo único que recordó.

— ¿Sólo una? —se asombró el oficial.

— Los pondré de a poco, así le duran más al nene —contestó.

Gastaron. Y con ningún asombro, como si estuvieran acostumbrados al derroche. Una extraña música guiaba sus palabras cuando el regreso al edificio. Se acostaron. Nadie prendió el panvisor. Los comentarios se fueron apagando muy lentamente, porque tampoco tomaron pastillas para inducir el sueño.

III

Oscar Cristiano estaba en un pequeño campo, pero lo rodeaba una extensión en que se le perdía la mirada. Se había informado de sus vecinos. Manías. Parecía el rincón del mundo dedicado a las manías. El mismo había declarado una pasión irreprimible por hacer pozos y había quedado catalogado entre los maníacos. Felizmente. Vació los quince sobres de Homoprontus en la pecera. Se encendió el agua de colores y formas como si fuera un nuevo panvisor. Perros, gatos y hombres en un sobre; pájaros, víboras y hombres en otro; monos, leones y hombres en otro. Cuando se desprendió la última borra negra de todas las figuras, las recogió y dejó en una bandeja profunda. Al día siguiente las repartió en el campo, a unos pasos unas de otras y se fue. Caminó mucho hasta llegar al camino próximo. Adentro. Caminando para adentro caminaba. Al llegar al camino mayor lo sorprendió un grupo de hombres esperando el mismo tren. Uno silvaba, otro miraba las nubes, el de más allá simulaba ejercicios de gimnasia.

IV

Pasó un tiempo en que todas las alarmas de su apartamento cumplieron como nunca la función de indicarle sus obligaciones. Y volvió. Los matorrales, los pocos árboles que había plantado, el mismo silencio y soledad.

Cuando se agachó, encontró a un hombrecito cargando ramas y sólo cuando lo vio prenderse en un terrón —que después descubriría era una casa—, se dio cuenta que vestía un taparrabo de hojas. Fue persiguiendo casi imaginarios senderos hasta que llegó al límite de su tierra. Lo prohibido. Lo que nadie podía ocurrírsele —dar un paso en una propiedad ajena— lo hizo esa tarde por primera vez en su vida. Es que se agachaba y contemplaba casas, casas del tamaño de cajas de remedios, hombres vestidos de togas, mujeres con niños de la mano, murallas de palitos y más allá otro grupo y otro y otro. Volvió a su campo y su gente. Vivían en terrones rodeados de animales. Tuvo la precaución de no hablar, puso una oreja al suelo y oyó una por una las palabras que pronunciara entre dientes la mañana que los llevaba en la bandeja. Oyó un coro que repetía. Los quiero desde niño.

Di mi vida por ustedes.

Los vendré a visitar.

Y después de cada expresión:

Alabado sea.

Salió apresuradamente y cuando llegó al camino mayor y notó que de su bolsillo se había caído su retrato tridimensional con los números y letras de identidad, tuvo el conocimiento, todavía vago, de que nunca más volvería a su campo.

       
 

 

Dirección para
contactarse con esta
página:

leogaret2017@gmail.com