A manera de ficción antropológica

 

"Los hombres del agua", llamó Leonardo Garet a su primer conjunto de narraciones éditas. Sorprendente por su vigorosa alternativa al realismo, incluido el realismo mágico, aquel libro casi secreto debía ser leído como novela. Sin una trama en el sentido convencional del término, la narración fluía hacia adelante por impulso de la descripción (Garet logra las mejores en muchos años de narrativa uruguaya de ese mundo extraño, "otro", mítico. Era preciso saber qué ocurría y cómo en ese mundo, cuál era la suerte de los hombres y de su río…

"Los hombres del fuego" guarda en su primera parte, la que ocupa la saga de "El Talado", estrecha relación con aquella obra. Con idéntica o mayor coherencia, el autor funda una mitología y una cosmogonía. A partir de asuntos cotidianos en la vida de los habitantes de un sitio desolado, sin incidencias heroicas o profetas melodramáticos, Garet hace nacer un Evangelio, un Rito, unos Misterios, que nos convencen. Y que sujetan la suerte de sus pobladores con una legalidad perfectamente verosímil.

Como en "Los hombres del agua", en "Los hombres del fuego" se plantea una inquietud o vocación antropológica. Es decir, como uruguayo, natural de un país aluvional y reciente, Garet parece echar de un entronque profundo, telúrico en el buen sentido, de la cultura la memoria colectiva. De ahí entonces esta suerte de "ficción antropológica", en la cual fabular sobre la evolución milenaria de un pueblo dueño de su memoria y verdaderamente imbricado, por generaciones y arqueología, en su solar.

Garet inventa la etnia, pero también debe darle un Tiempo histórico (que tampoco tenemos). Entonces incurre en lo que es uno de sus mayores aciertos: comprime el transcurso del tiempo, lo somete a la acción de sucesos espasmódicos. Y establece un devenir acelerado, donde los estadios casi neolíticos se avecinan vertiginosamente al presente.

Generada la raza, puesta en movimiento, tiene que concederle una visión del universo. Absteniéndose de la cosmovisión cristiana, funda un Evangelio casi como por azar, menciona un profeta que volverá como Cristo, como Quetzalcoatl y sus iguales), y dibuja una ética. El eje será el de la fertilidad.

Pueblo cuya condena está en la aridez, verá crecer demonios a partir de las gotas de semen derramado. Y esa sociedad de tipo tribal, registrará como transgresión los ritos propiciatorios y nocturnos de las mujeres sin hombre.

Diurnidad, sequía, austeridad del cuerpo, serán como los pecados al revés de esa cultura yerma. Que sin embargo se rescata, se revaloriza frente a la ajenidad del mundo moderno. Cuando el primero de los taladenses" vuelva de un mundo exterior muy siglo XX, la percepción de lector quedará comprimida entre dos estepas: la de tina modernidad desprovista de espíritu gregario, y la de una "tribu" solidaria pero carente estéril y desprovista de móvil.

Restará, como un ominoso secreto, la aceptación de que hay otro pueblo debajo del pueblo, que lo reproduce con otras reglas y otros ritos como su negativo, más real para esa gente que el inimaginable mundo exterior.

El cronista de esos seres sin salida aparente, será, por obra de su voluntad de escribir, un traidor. La distancia que demanda la escritura la distancia del "intelectual", lo separa de sus iguales y lo hace vivir el acto de registrar acontecimientos y emociones, como un acto de lesa confianza. No en vano la literatura latinoamericana es rica en ejemplos de esta paradoja. Incluso el intelectual que aspira a fundirse con una causa noble, frecuentemente popular, se convierte en responsable de fraude inconsecuencia, traición o cobardía: muchas veces por el simple hecho de haberse zafado a tiempo y sobrevivido para contarlo. Quizás también por la dramática sospecha de que lo que las palabras dicen nunca de ser un simulacro de la pura realidad.

 


 

En la última parte de este libro Garet encara otro registro: el de un futuro inminente.

Con la misma estratégica sobriedad con la que sembró las pistas y eligió los rasgos para delinear un mundo anterior, juega sus cartas en ese porvenir que casi podemos tocar.

La aconsejable parquedad en materia de utensilios tecnológicos nos hace más próximo el relato, que sólo se deforma levemente en sus moldes cotidianos para darle cabida a la sensación de futuro.

La misma capacidad para describir, eficaces tensiones en el lenguaje (como retardar todo lo posible la aparición del verbo en la oración), y un matiz más coloquial, sirven a Garet para ofrecernos sus desoladoras excursiones en el tiempo.

Tan remoto sería el parentesco con el realismo mágico garciamarquiano en la primera parte, como aquí con los pesos pesados de la futurología pesimista, empezando por Orwell.

Lo que García Márquez o Carpentier establecen por exceso. Garet lo trabaja por la depuración; lo que en ellos es exageración y barroquismo en él es precisión, economía de datos, y una poética parquedad.

Lo que en Orwell puede ser utopía negativa, ideología, en Garet parece desesperación sin moraleja, tránsito inevitable por una realidad incomprensible y arbitraria. No hay tesis. Pero tampoco resignación.

Leonardo Garet (n. en 1949) es de Salto y allá vive. Además de narrador, es ensayista frondoso, poeta, profesor de literatura y experiente orientador de talleres literarios en lugares norteños.

Pasa los cuarenta, pero su escritura se inserta dentro de las tendencias más actuales de la narrativa uruguaya.

Su misma situación excéntrica respecto a la macrocefálica capital, le opondría -según la idiosincracia nacional- aparentes desventajas. Pero Garet, pruebas al canto, las está convirtiendo en flagrantes, creativos privilegios.

 

Elbio Rodríguez Barilari

 

Elbio Rodríguez Barilari, Montevideo, Uruguay, 1953. Escritor, músico, periodista. Reside en Chicago desde 1998. Director del semanario La raza y de la revista Arena cultural, ambos medios de Chicago . Entre sus libros de narrativa: Posibles versiones (1985), Fuera de la nada (1988),La mitad del infinito (19894).

       
 

 

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