PAISANOS CON LAGUNA

 

Un pájaro andaba perdido en el cielo. Los eucaliptus le quedarían como mancha más oscura y planeaba lo mismo sobre bajos que sobre colinas. Un paisano venía caminando, de mis tiempos sería y no muchacho porque traía bombachas y no vaquero. Bordeaba la laguna del bajo, aquella de la fama que nos traía tantos visitantes.

Me senté en el paraíso partido y traté de tirar dados de quién sería. O peón de José Panissa y en ese caso se había desviado por algún motivo, vendedor no era porque andaba muy liviano, alguno de los que habían venido en cheep la semana pasada podía ser porque habían quedado interesados, el avestrucero que Domínguez contrataba a esta altura del año y por ahí me quedaba. Para seguir mi apuesta conmigo cerré los ojos y dejé que se acercara. Cuando los volví a abrir el hombre se había agrandado y tenía bombachas azules, camisa relumbrante y un chaleco bordado. La cara me era completamente desconocida. Volví a cerrar los ojos hasta que sentí el ruido de las pisadas: eran botas marrones y una mirada cansada que miró el paraíso y acompasó los pasos para sentarse. Tuvo un suspiro de cansado y entredientes soltó una puteada. El tipo olfateó el aire y cuando miró para mi lado pareció que con la mirada podía tocarme. Suavizó los ojos cuando se vio solo. Y no hizo nada más.

Tipo aburrido, de ningún movimiento, al menos para darme cuenta de lo que tenía bajo el chaleco. Tuve ganas de soplarlo, como le hice a Ubiría y salió por la bajada con las piernas como ruedas. Pero a este tipo valía la pena dejarlo hacer.
Así estuve hasta la noche, más con ganas de irme a la laguna que otra cosa. Cuando el sol se fue lo empecé a dejar de ver y demoré un poco en moverme. Cuando me paré sentí los ojos en los hombros y me apuré. Cuando estaba llegando a la laguna sentí:

Vine a verte Ganchudo, aquella mujer que te mató ahora es mía.

Alcancé a meterme en el agua. El tipo vociferó:

Ella sabe que estás aquí y quiere venir. Te aviso que te vayas para siempre Ganchudo.

El tipo me decía como si yo tuviera miedo a la segunda muerte. Ni eso ni ganas de verla. A lo mejor de entretenerme un poco. Así que le pedí a Minguna que saliera y le diera una corrida. Como ella se aparecía siempre desnuda surtía efecto. No sé si por belleza, repugnancia o miedo. Tengo que hacer memoria para saber que impresiona tanto una mujer desnuda y que porque la vio así, en mi cama, fue que nos mató mi mujer. El paisano se va perdido por el campo. Para que lo acompañara le largué una carcajada. Me habían dicho que era lo único que pasaba la barrera.

 


 

De aparecidos, de lagunas: "Paisanos con laguna"


Por Carlos Nelson Jacques

Las ánimas, los aparecidos, frecuentan los cuentos de Garet. Quizá en Casa de Nuna encontramos la más feliz caracterización de los mismos: "...seres en tránsito, con algo de pájaro y algo de bolsa raída..." Ni anhelos de redención, ni nostalgias de su anterior estado, definen a esos seres. Silenciosos, enigmáticos como las imágenes que nos entregan los espejos, por ahí andan, simplemente...

Paisanos con laguna es un singular cuento de ánimas o aparecidos en la obra narrativa de Garet. Singular, en principio, por que no pretende -aparentemente-, sacar partido de una vivencia vigente aún en nuestra campaña. Me refiero a la fascinación -mitad temor, mitad atracción irresistible- que sobre nuestros paisanos ejercen las lagunas de aguas inmóviles, legadas siempre, en las historias del pago, a las "luces mala", a las ánimas, que hacen de ellas su normal habitat.

Una laguna es el centro espacial de este cuento, pero Garet no la describe, ni hay referencias a su inquietante influjo: tal despojamiento descriptivo, que desplaza totalmente el centro de interés hacia la anécdota, no se encuentra en otros relatos suyos de igual temática. Sin embargo -y Garet lo sabe-, basta la indicación inicial -"laguna del bajo"-, para que el lector atento entre en contacto con ese ya atávico mundo de "seres en tránsito".

Lagunas en sombra, interiores a los montes; "lagunas del bajo". Lugares, ya se sabe, de las ánimas...

Singular también el cuento, por el montaje de ocultamiento que lo rige. Un narrador en primera persona aporta mínimos datos al paisaje, e introduce "un paisano que se acerca a la laguna. El narrador no conoce al hombre, taje conjeturas respecto de su posible ocupación e identidad, permite que se siente a su lado... Y de pronto, ya mediado el cuento, comprendemos que quien narra es un ánima, uno de esos "seres en la puerta de ángeles y diablos." Nos habla desde "un más allá" que es también "un más acá". Un habitante, en fin, de la laguna.

Paisano con laguna es un cuento logrado, y como tal, la anécdota de fondo no se devela hasta el final. Nos enteramos entonces que el narrador personaje y su amante fueron asesinados por su esposa, y que el paisano visitante, actual pareja de la misma, exige que se vaya para siempre de la laguna. Es que el hombre, encelado, sabe que la mujer quiere ver a su difunto esposo: por eso, llega a la amenaza.

El ingenuo paisano del cuento no sabe que las ánimas de Garet son seres muy lejanos a nosotros, indiferentes a los temores o intereses que nos mueven. Así, sin temor a la amenaza, sin deseos de ver a su ex esposa, apenas por entretenerse un poco, el narrador personaje lo despide con el expeditivo procedimiento de imponerle la impresionante desnudez de la bella ánima Minguna. Y acompaña su huída con una carcajada...

Singular, de nuevo, por su final, el cuento. Por un momento, bordea el humor: si antes Ubiría, aterrorizado por un soplido del narrador personaje, "salió" por la bajada con piernas como ruedas", ahora se va el paisano "perdido por el campo".

El humor, sin embargo, se congela en esa carcajada. Baudelaire afirmó que "la alegría no está en la riza", y Octavio Paz señala, a propósito de esa afirmación, que la conciencia cristiana expulsó la risa del paraíso, y la transformó en atributo satánico, en signo del mundo subterráneo y sus poderes. Esa carcajada final restituye al narrador personaje su inquietante dignidad de ánima, de ser oscuro, capaz cuando así lo quiere, de estremecer.

       
 

 

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