Si el cuento se asocia al momento de la pausa, y en cierta manera a la conversación, se debe a que las personas tenemos algo que contarnos: un suceso, en medio de la vorágine o la rutina en que vivimos. Y porque algo de todo ese continuo sale de lo común, o mejor dicho de lo general. Saber, por ejemplo, que un tal Pedro descubrió que las rosas huelen mejor los martes que los viernes y las consecuencias que eso tuvo para que la admiración de los crepúsculos cambiara entre esos días. Una experiencia amarga o dulce, dependerá de dónde se ponga el acento o desde que perspectiva se mire, pero en todo caso la intensidad de la experiencia acentuará la contracción de un hito en el conjunto de los Pedros, rosas y crepúsculos que parecen dispersarse en la mirada distraída de los humanos, en tanto lo importante o lo secundario de la vida parece dirigirse a otros campos menos interiores. Pero el cuento puede con eso: reduce la realidad a la mínima expresión, apenas perceptible, más allá de los implicados en la historia, para devolverle visibilidad e identidad y otorgarle calidad de especial, en tanto los hechos y las personas son particulares y por lo tanto diferentes.
Había una vez, o X no sabía que esa mañana le iba a cambiar la vida, no son más que introducciones a esa singularidad que no es patrimonio de gigantes, héroes salvadores o villanos malísimos, sino de cualquiera que haya caído en la mirada del cuentista que sabe apreciar el árbol en plena selva.
Y el libro “Los nombres del cuento” (El cuento salteño de hoy, una selección de Leonardo Garet) cumple con la finalidad de acercarnos no sólo a los cuentistas de la ciudad de Salto, en Uruguay, sino a las historias singulares que han sido percibidas por los autores, más con la intención de ahondar en los sentimientos de los personajes y remarcar atmósferas, que inducirnos a pensar que lo que ocurre en Salto no puede suceder en otras latitudes o sean experiencias exclusivas de esos lugareños. Y no porque el lenguaje -que al cabo identifica al escritor y le señala su patria- quiera perderse en una universalidad o impersonalidad (tan en boga en la literatura actual) sin que uno acierte a darse cuenta si la narración se enmarca en un medio, un espacio y un tiempo determinados, sino porque se atiene a su misión: dar cuenta de algo lo más escueto y preciso que se pueda para que el lector entre de lleno, sin innecesarias digresiones, en lo que quiere contarse, para que al final la historia resulte lo que es patrimonio del género: la apariencia como antesala del infierno o el cielo. Juzgue uno.
Los doce cuentistas que forman parte del Taller Horacio Quiroga no son autores conocidos del mundo editorial y del público y eso los hace doblemente atrayentes: porque se animan a salir del cajón y porque ofrecen el resultado de la experiencia del Taller, que no por nada tiene el nombre del genial salteño: partir del supuesto que toda realidad esconde algo, un sueño o un fracaso, una amenaza o una liberación.
Pero la oportunidad del libro se basa, a mi juicio, en que rescata el cuento como forma literaria, tan despreciado en general como el dibujo, ya que se entiende más como un boceto de una aspiración mayor, llámese novela o poesía, que como un género de particular y difícil construcción que ajeno a la extensión o la retórica incursiona y resuelve el momento como un antepasado: un tiempo y un espacio donde todo ha ocurrido a expensas del detalle.
Susana Drangosch
Escritora Argentina