La renovada apuesta

por Leonardo Garet (*)

Los nombres del cuento

 

Los nombres del cuento son infinitos. Más que los títulos y tantos como sus lectores. Tal es el destino del género vinculado siempre en su origen con el nacimiento de los idiomas. El cuento acompaña la presencia del hombre en la historia destacándose épocas y lugares como particularmente favorables a su desarrollo, más que por cuestiones aleatorias, quizás por disponer de un referente más cercano.

En Salto, Horacio Quiroga parece mirar desde su barba, desde el río Paraná y desde su casa en la meseta de Horqueta, pero lo cierto es que a pesar de su presencia rectora, el cuento, a diferencia de la poesía, es en la literatura salteña una práctica bastante esporádica. Una apretada síntesis indica a: Manuel Bernárdez como precursor, y después a Carlos María Princivalle, Adolfo Montiel Ballesteros, Enrique Amorím. María Inés Silva Vila y Marosa di Giorgio, con los nombres más destacados.

En el comienzo del siglo XXI se perfila una promisoria corriente de cuentistas que este libro procura acompasar. La mayoría pertenece al Taller Horacio Quiroga; la excepción la hace un salteño radicado en Holanda. La necesidad de crear entes de ficción mediante la palabra se ha vuelto importante y curiosamente en estos tiempos de predominio de la comunicación visual, se puede proclamar el significativo privilegio de que exista una serena preocupación por la creación literaria.

En el Taller Horacio Quiroga se ha reunido un grupo no menor de cultores del cuento, de variada edad, pero que no anda lejos de cumplir otros exigentes requisitos de una "generación literaria".

Todo lo que tienen de afinidades personales lo tienen también de dispersión de sus respectivas adhesiones a una u otra estética. Felizmente el grupo no siente ninguna opresiva influencia que lo uniformice, o incline en sentido alguno. Los nombres del cuento son doce voluntades de expresión literaria libérrimas, por tanto auténticas, que se animan a decir que existe en el llamado "Interior" por los montevideanos, un grupo que puede crecer sin la protectora sombra de los ediciones capitalinos. Y lo hace como debe ser, dispuesto a dar respuestas desde cero, como cuando se perfiló el mito en el origen de los tiempos.

En el principio fue el cuento, el del pecado y su castigo. Y en el principio del siglo XXI es el cuento, otra vez y tercamente, el que llama la atención para compartir su fugaz arquitectura de comprensión del todo en el que nos movemos. Del todo en su entramado social y metafísico, porque hacia múltiples áreas van las "flechas" de estos cuentos.

Los nombres del cuento reúne autores que, en su mayoría, incursionan por primera vez en el libro.

El compilador de Los nombres del cuento no corre riesgos de quien selecciona material ya en poder de los lectores; selecciona inéditos, que tiene otros riesgos aunque menos visibles y participa, por lo tanto, en la expectativa de los autores.

El microcuento y la extensión un poco mayor, pero no tanto que no respete el rigor de Pardo en la revista Caras y Caretas, son las propuestas de Los hombres del cuento.

Aunque no hace falta la nota realista, campea el cuento fantástico, o al menos, la versión moderna del cuento fantástico, la del cuento que complace en exhibir una fisura en la explicación fenoménica.

El cuento prosigue su vida en los lectores. Maurice Blanchot enseña que la poesía es un balbuceo que nos deja en la puerta del vacío esencial donde se gesta el poema. Estos cuentos cumplen similar destino.

(*) Prólogo de Los nombres del cuento: el cuento salteño hoy, Ediciones Aldebarán, Colección Escarabajo, 2004.

       
 

 

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