EXTRANJEROS DE POR ACÁ

por Alicia Cagnasso

El texto plantea desde el inicio la fusión de la voz lírica con el ámbito natural, al que renuncia a expresar, para solo ensayar un “canto que no diga nada”. Se convierte, desde la piedra en que está sentado, en un elemento más del paisaje, únicamente allí para gozarlo. De abajo hacia arriba, con respetuosa humildad y el amor que le enseñó al propio Garet su tío el Suizo (como nos explica el autor en el breve prólogo).

Este fragmento me remitió, con sus diferencias, a Andrada, del cuento homónimo de Morosoli, inmerso en lo íntimo del monte, y al joven Werther, extasiado con la vida minúscula al costado del río. Distintas formas de la madre naturaleza revelada y retaceada al hombre.

En el capítulo “El camino angosto y sinuoso” aparece un episodio puntual en la compenetración deseada por el yo lírico. Este se sienta nuevamente, buscando en vano que los elementos naturales lo miren y respondan a su respetuoso silencio. Pero es en vano. Están en un plano distinto, vedado al hombre, quien solo puede ser espectador. Sin embargo, el recuerdo de la mujer de un artista amigo le enseña a valorar no solo lo visible sino también los huecos del monte de espinillos, llenos de sugerencias, y entonces este perdió parte de su mutismo y empezó a palpitar con nueva vida. A través de esos “huecos” del monte aparecerán de esta manera a lo largo del texto los “extranjeros de por acá”. Esto es, vivientes autóctonos, que con su carga de misterio y extranjería comparten con los hombres el mismo ámbito y develarán sus secretos.

Estos “extranjeros de por acá”, del libro de Garet, lejanos y cercanos a la vez, son el caburé y la urraca, las garzas, la gallineta, Don Cangrejo, por ejemplo, que pierden, por la magia de la creación y la imaginación, su calidad de máscaras impenetrables, y se convierten en protagonistas de pequeñas piezas con aires de fábula. Se suceden luego multitud de criaturas del monte en episodios cargados de lirismo y humanidad (donde varias veces irrumpe el hombre), algunos de ellos con aires quiroguianos, en tácito homenaje.

No es casual que Quiroga viviera en el monte misionero y Garet viva alejado de la ciudad de Salto, en el monte y su río, el amor por sus criaturas se hace evidente en cada página de sus textos, porque nace del contacto íntimo con los “extranjeros” que no lo son tanto y se expresa en piezas cargadas de afecto e imaginación.

       
 

 

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