"Una vara de almendro" - 12

Por Mons. Pablo Galimberti

Mons. Pablo Galimberti

El peso de lo transitorio
Dedico esta última columna al capítulo “Traslaciones”.
Paisaje familiar para salteños: cascada del río Queguay (del guaraní: río donde confluyen ensueños). Se entrelazan realidad y fantasía: lluvia confundida con el río, árboles semejantes a fantasmas y el sonido del agua que aleja todos los males.
Primera escena: observamos el accionar de los protagonistas, hombre y mujer, con la alteridad o conciencia del otro anulada: “…la pareja entró al agua acariciando con los pies las piedras del fondo. No eran uno y otro, eran uno solo que se multiplicaba en el río que caía”.
Segundo momento: se ensancha el paisaje y aparecen rostros luminosos. La experiencia es honda, llegando a modificar la sensación del devenir. Los opuestos-firme y fluido, piedra y agua-, se aproximan. Y empieza a despertar una gradual toma de conciencia: “estaban en una gruta de piedra y agua… Vieron el mundo como un espectáculo luminoso de rostros conocidos que se movían entre infinidad de rostros desconocidos formando una armonía… Escucharon una música formada por voces… el tiempo se detuvo.”
Momento clave: la gruta o cueva tiene desde la antigüedad un significado místico. Como abismo interior de la montaña es el lugar en que lo luminoso emerge o puede recibir acogida. Por eso desde la antigüedad allí se ubicaron las pinturas simbólicas.
Poco después despierta la angustiante toma de conciencia: “Al día siguiente se descubrieron buscando dónde estaba el ser completo que habían sido. Se encontraron sólo ellos dos y cada uno sintió sobre su cuerpo el peso de lo transitorio. El recuerdo vago de haber estado debajo de una cascada desde la cual se veía el mundo, se confundió con las dificultades para volver a la costa”.
La alteridad es necesaria. Pero sin los enredos cuando una de las partes queda subordinada. Hay situaciones en que uno puede experimentar la identificación con personas o realidades al grado tal de quedar anulado. Son fenómenos que a veces alcanzan el grado de fanatismo, por ejemplo, en escenarios deportivos o en quienes se identifican con ídolos del espectáculo, buscando arraigo en este mundo acelerado. Pero también ocurren en las interacciones afectivas que son experiencia cotidiana. Amores y odios, atracciones y rechazos.
La identificación con otro-a había borrado la alteridad, el yo – tú, está siempre en continuo vaivén, para estimularnos sin anularnos.

“El otro como otro está “no abierto” para mí. Pero de todos modos el otro jamás aparece ante mí con claridad de lucidez perfecta. Esto no debe causar sorpresa, puesto que ni siquiera yo mismo soy transparente para mí… Es un desencanto inevitable.”(Luypen, Fenomenología existencial).
¿Qué sentido tiene la cita de Santa Teresa: “…tornemos ahora a nuestro castillo de muchas moradas? El castillo simboliza el recinto o ciudad amurallada. Es una fuerza espiritual erigida como vigilancia (en el sentido de mantener la conciencia despierta). En él reside un tesoro. En el castillo la dama (el alma) y el caballero, purificado, constituyen la síntesis de la voluntad de salvación (Cirlot, Diccionario símbolos).
Santa Teresa lo ve como espacio de crecimiento y libertad. “Poned los ojos en el centro… donde está el rey”. A quien entre… “déjelo entrar… arriba y abajo y a los lados, pues Dios le dio tan gran dignidad; no se estruje en estar mucho tiempo en una pieza sola…”.

       
 

 

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