EL PRESO

 

La solicitud especial concedida por su buen comportamiento, le había permitido el marco de madera para el rectángulo verde que simulaba una ventana. A los pocos días de estar en esa celda de tres por tres, de un marrón metálico idéntico en piso, paredes y techo, sin más abertura que la puerta de rejas, le había sobrevenido la ansiedad del espacio. Algo que no tuviera límites. No una ventana, con su pobre horizonte irremediablemente limitado. Fue obteniendo los tarros con restos de pintura verde, azul y amarillo. Y así, muy de a poco, porque le acercaban sólo los tarros para raspar, pudo hacerse su buen rectángulo de dos metros por uno, que dominaba la pared de enfrente a las rejas de la puerta. La coronación se creyó que había llegado cuando pidió para su ventana un marco de madera real y no pintado.

Desde entonces, las horas las pasaba frente a su campo, quieto ante el verde ecuánime, que tanto era terreno como cielo. Los guardias lo encontraban siempre de espaldas a ellos y a las rejas, con una abstracción absoluta en el verde.

El cambio sobrevino cuando en lugar de agregar nuevos matices de verde, pasó un día nada más que ubicando manchas negras. Cuando le hicieron notar que echaba a perder el campo que tanto le había costado reunir, contestó que ahora le tocaba dibujar la sombra del hombre que había matado.

       
 

 

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