HOMBRES QUE ESPERAN

 

Los hombres del agua,
Leonardo Garet.

 

El autor de estos relatos, profesor salteño, es ya conocido por sus cuatro libros de poemas y su obra de investigador y ensayista, donde incursionó por creaciones como la de Cervantes, Huidobro y Carlos Sabat Ercasty. Pero en torno de la vida y obra de su coterráneo Horacio Quiroga donde el talento de Garet alcanzó mayor público y relieve, pues no sólo obtuvo el Premio Nacional y Municipal de Literatura con su Obra de Horacio Quiroga en 1978, sino que es autor de otros valiosos ensayos sobre el mismo autor en la edición de Los Desterrados, editada por la Universidad de la República y la de Entre Ríos y en la Selección de Homenaje que tuvo a su cargo, publicada por la Intendencia de Salto.

Periodista infatigable, conferencista comunicativo, orientador de un taller literario en Artigas, Garet es uno de esos hombres del interior que de alguna manera explican la mejor fisonomía de nuestro país y prueban que su cultura no se reduce a la de Montevideo.

Su primera presentación pública en la narrativa de ficción, integrada por veinte cuentos, es una propuesta y un desafío. Propuesta o invitación a una lectura participativa, creadora: desafío a transitar un mundo trascendente, donde lo simbólico alude y discute las preocupaciones cardinales del hombre. Ya en la solapa del libro señala con acierto Jorge Arbeleche que hay en él fábula y magia. En efecto, los primeros relatos asedian un mismo lugar fundacional, un mismo mundo, donde la promesa del agua y los ritos para su consecución contienen toda la sed de la especie. Apetencias físicas primordiales; afanes de aprehender lo trascendente, la propia identidad, las verdades absolutas si ello fuera posible.

Hombres que esperan y porfían en descifrar los mensajes del Adivino que tanto puede ser profeta en envoltura real, como proyección de un mundo onírico no menos verdadero, "porque también los sueños vienen de Zeus". Hombres que esperan y el esperar es tiempo, vida que se vive y que se gasta. Porque el Tiempo como problema filosófico, el tiempo como condicionante de la vida humana, es personaje que se multiplica en estos relatos, tanto en lo argumental como en los diferentes semblantes que adopta para mostrarse.

En el último de sus cuentos, el que da título a la obra, el autor retrata un mundo a la manera de Bradbury y aún más allá de él. Un mundo cerrado, donde todo es artificial, fuera de la naturaleza, solo conocida por panvisores. Un "mundo feliz", y más terrible que el imaginado por Huxley, donde aquellas familias enclaustradas y engañadas por píldoras, podrán alterar por un día su existencia artificial, a costa de tenaces ahorros, con la visita a un parque donde conocerán la lluvia, pasto, árboles, palomas. Tal vez todo sea otro engaño para los sentidos como las esclavizantes imágenes del panvisor, pero allí se encuentra la rareza de sentir la lluvia cayendo en las manos y encontrar cosas tan extrañas como un viejo libro ignorado que se llama El Quijote. En un desarrollo que no conviene revelar, el protagonista descubre lo que será la pasión de su vida: juguetes de la química que él reputa "de la biología" y que le permitirán, años después, convertirse en un demiurgo creador.

Los Hombres del Agua es una obra digna de ser leída, analizada y discutida.

(Incluido e el libro Morir con las letras puestas)

 

Aníbal Alves, Artigas, Uruguay (1923- 1993). Docente de Literatura por Concurso de Oposición Libre. Orador literario y político. Colaborador de innumerables periódicos. Raúl Mello, profesor de Artigas, recopiló artículos suyos con el título Morir con las letras puestas. (1995)

       
 

 

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