El PAPIRO VERDE

 

Tenía la mano arrugada y nudosa extendida sobre el plano de fibras verdes que había sido encontrado en la casa de Gaspar. Antonio lo había solicitado con suficiente anticipación al Consejo, porque parecía obligatorio utilizarlo en toda exposición histórica con ambiciones. Antonio hablaba ante quince personas sobre el arte del primer período, o etapa del barro trabajado. En las paredes de los ranchos más antiguos el barro adoptaba formas de una expresividad todavía manifiesta, pero lo que resultaba verdaderamente curioso, era que los vasos y vasijas de cada rancho reproducían, en pequeño, los dibujos de las paredes. Antonio suponía que los habitantes de entonces tatuaban en sus brazos los mismos dibujos. Esta era la teoría que exponía con calor.

Los quince que lo oíamos imaginábamos a nuestros abuelos formando una unidad con sus cosas y su rancho, imaginábamos grabados hasta en los bordes de los pozos y nos parecía ver una lluvia decorada de relámpagos, como respuesta a la primera ceremonia de llamado.

Antonio había clasificado los dibujos que todavía se conservaban en algunos ranchos: "E1 grupo mayor contiene dibujos a punta, y estos, a su vez, son geométricos simples, con una figura, y geométricos complejos, con dos o más, pero éste, el grupo menor -y nada se veía del esquema con que pretendía ilustrarlos porque su mano lo cubría todo- es el dibujo a mano, que es cuando los hombres querían entrar ellos mismos en el barro y transmitir vida; necesariamente deben ser los más antiguos. Vean entonces lo que tenemos, este círculo, aquí las rayas, un poco alejadas, pero que nos da un sol. Ni más ni menos, un sol es el dibujo a mano, complejo, que más se repite". (El sol era verde. Y Antonio suponía al sol como origen de toda la vida).

El grupo de oyentes nos preparamos para las preguntas. Antonio estaba atrás de un guardapolvo celeste. E1 papiro se extendía sobre una mesa de troncos y era mantenido abierto por unas piedras. Había, en una esquina de la mesa, dos fragmentos de barro pertenecientes al rancho que se había caído el mes anterior. Servirían sólo para mostrar en otros pueblos, porque nosotros teníamos nuestros ranchos formados por piezas similares. Pero Antonio repasaba la superficie erizada y tocaba una hendidura un poco más honda y alargada que las otras, y entonces levantaba las cejas y nos miraba con cara de complicidad frunciendo los labios, porque él quería que toda grieta fuera una señal del río, como si nuestros antepasados no hubieran hecho otra cosa que pensar en el río anunciado.

El manuscrito me interesaba porque era el de Gaspar, el más completo y antiguo. No cualquiera podía verlo y mucho menos acercarse para leerlo; cada día lo escatimaban más. De costado pude leer: "agua de vida", pero los dedos de Antonio eran grandes y se movían de gusto sobre el papiro como hojas de palmera. El hablaba, hablaba. Yo comprobé, entretanto, que ningunas las hojas conocidas se parecía a la superficie fibrosa del papiro.

Antonio se estaba refiriendo al esquema que había compuesto sobre las distintas marcas de los ranchos y cuando comprobó que no lograba interesar, levantó el papiro, lo desplegó como para leer una proclama. E1 papiro se mantuvo un momento y la luz le dio de lleno; la luz de la ventana parecía encenderlo; quedó luminoso un instante y se volvió un polvillo blanco que descendió lenta y ordenadamente. Allí, sobre la mesa, quedamos apretados y pegados a un vidrio inexistente en forma de campa. Parecían los restos de una mariposa aplastada, o también ceniza. No había aire, pero antes siquiera que nos miráramos ente nosotros, desapareció el montoncito por completo.

La desesperación de todos; los quince y Antonio. Los tantos testigos que éramos del suceso, lo salvamos a Antonio de una condena. Pero él se sintió igualmente responsable, y lo fue ganando sin remedio la locura.

Las varias copias del manuscrito –invalorable previsión- se mantuvieron ocultas durante muchos años y cuando se volvió a hablar de ellas, ya se había hecho una refundición de todas y se la llamó E1 Libro.

A los que fuimos casuales testigos del milagro, no se nos permite leerlo. Es una disposición de un grupo que se apropió de las copias y se llamó a sí mismo, el Consejo. A mi, ni la lectura ni el Consejo me interesan, porque, a mis años, ya nada me parece más importante que la desaparición del papiro.

 


 

VELA DE LETRAS

 

¿Y cómo puede el hombre nacer siendo viejo?
Nicodemo Ev.S.Juan


"Los nueve meses siguientes son únicos; nadie nacerá entonces que hoy no lo sepa. Hoy es nada más que nueve meses antes".

La expresión pertenece al manuscrito de Gaspar, ubicado en la primera parte del Libro, llamada "sagrada por presencia”, ya que se conoce la misteriosa desaparición del manuscrito original, que quedó de pronto convertido en ceniza. El libro que tuve en mis manos en la pieza del Consejo tenía tapas azules de cincuenta centímetros por treinta y letras plateadas, grandes. Me autorizaron a leerlo durante un día, pero prohibieron tener nada que me permitiera sacar notas. Más que leer para entender yo leía para memorizar y poder después reconstruirlo. Me quedé en la parte del manuscrito y apenas hojeé la segunda correspondiente a las versiones sobre el Viejo. Me quedé en el manuscrito porque una razón familiar me lo imponía: un antepasado mío era uno de los quince nombrados como testigos de la desaparición. Puede haber sido mi nombre una de las razones para que me autorizaran a leerlo.

Yo me sabia observado. Me habían instalado en un cuarto pequeño, con solo una ventana alta y chica. La semipenumbra era lo más inadecuado para leer y cada tanto se oscurecía más y yo tenía la prueba de que alguien se asomaba a controlarme. Las letras, por suerte, eran grandes, elegantes. Recuerdo que las frases que transcribí al comienzo eran seguidas de estas otras

 

Y cuando haya salido de su madre
entrará al túnel de luces y sombras
que conduce al destino donde lo espera
su Padre. El lugar es de agua. Todos flotan en el aire
y bajan al agua para descansar. El túnel es sólo la tierra y allí sufrirá la ausencia del agua.


También me hacían ruidos, como si se hubieran propuesto que yo no pudiera aprovechar mi día. Parecían fieras, a veces, y a veces, quejidos de hombres. No comí ese día porque no me permitieron llevar nada con la esperanza de que abandonara antes. Cuando ya no viera nada se me cumpliría el plazo. Para salir tenía que golpear la puerta pues le habían puesto una barra por afuera.

Esas angustias pueden ser la causa de lo que contaré. Al salir, después que revisaron el Libro, hoja por hoja con una lámpara-entraron dos y mientras uno hacía esa requisitoria, el otro me miraba con admiración y respeto- vi una luz extraña en las cosas de la calle, como si todo estuviera hundido en una potente luz de luna, pero no había luna. La poca gente que caminaba lo hacía a los saltos, como si luego de cada salto se encontraran con otro pozo, y eso parecía serles natural porque iban conversando. Los perros, sin embargo, caminaban derecho; no veían pozos y no se caían. Vi -y esto es lo más inexplicable- a un niño adentro de su madre, y yo podía ver los sueños que soñaba, y yo estaba en su sueño: los dos de rodillas, uno adentro del otro, diciendo cosas distintas con las mismas palabras. Como no tengo respuestas es lo que más intento contar. La visión del niño me pareció que sería la representación de las primeras palabras que había leído. (¿Habría, acaso, ilustraciones que me negué a ver, obsesionado como estaba por recordar palabras, y ahora me sobrevenían? Pero, en ese caso, ¿qué hacía yo adentro del niño y también por nacer?). La luz no era continua, ponía límite de semicírculo, y más allá estaba la noche. De pronto, encontré que todo se había vuelto normal, que había salido de la influencia de la luz, y me vino una tristeza tan grande que entré en mi casa, hacia donde había caminado sin darme cuenta, y me senté a mi mesa sin comer, sin ganas de nada, sólo de encontrarle sentido a esto que estoy contando.

       
 

 

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