CLARISA Y JOSÉ

 

Los gorriones fueron los primeros en venir y se pararon sobre el palo horizontal. Pero no se animaron a la cabeza, ni curiosearon en el hombre. Después vinieron los caranchos y tampoco hicieron más que sobrevolar y estudiar el cuerpo a una distancia de varios metros. Lo cierto es que hubo que resignarse a que se secara y se fuera cayendo a lo largo de los meses, porque ni las hormigas subían por el tronco y ningún hombre quería encargarse de descolgarlo.

La ropa se vació sin perder el color. Había que ocuparse de esos restos pero se temía una rendición de cuentas por la contaminación de la tierra. Entonces los reclamó la novia y se llevó los huesos a su casa. Dicen que mucho preguntó para ordenarlos en el lugar exacto a cada uno.

Se fue desplazando el horror por la lástima, pero siempre cruzando por otra vereda para no tocar esa casa de cadáver tan señalado. Ella tampoco salía por el pueblo. Hasta que a varios años, el olvido mezcló las cosas. El muerto empezó a tomar aureola de santo, porque pegado a sus huesos, Clarisa contó que había encontrado un crucifijo.

Pasaron treinta años antes que Clarisa volviera a salir a la calle. Y cuando lo hizo, los pocos que quedaban de aquel tiempo no podían creer en lo que veían: estaba idéntica y ellos parecían sus abuelos. Era la chiquilina que esperaba escondida entre la enramada, robando el tiempo de los mandados para poder encontrarse con José. Caminó por el pueblo con aquella ropa y saludaba a los que no conocía y también, sin rencores, a los viejos abastonados que se agarraban la cabeza y querían disparar espantados con unas piernas que no daban más que para tropezones. Ella sonreía con la misma cara con la que corrió a la cita el día que fue de José y los sorprendió el cura en lugar sagrado y tirando maldiciones le clavó un crucifijo a José. En defensa propia mató José, pero lo llevaron a la horca sin atender que se moría por la herida del pecho.

 


 

LECTURA DE LABIOS

 

Muevo los labios con la esperanza que alguien, más allá de estas paredes, pueda leerlos y enterarse de la historia que hay atrás de la formación de las tormentas y de las cosas pequeñas y grandes que nos ocurren cuando tenemos los colores y los olores tan claros como las palabras cuando tenían sonido. Esta madeja empezó cuando fui al pueblo una mediatarde y me llamó la atención primero el aire y después la rápida formación de una nube. Vivía solo porque habían muerto mis hermanos el mismo año y cada vez que encontraba compañera se me iba, jurando que viviría conmigo pero no en este rancho. El camino al pueblo lo conocía bien porque lo hacía despacio, como si pudiera recomponer las posiciones y los instantes inmediatamente anteriores a mi paso, cuando estaban las lagartijas y las ovejas, en el lugar exacto que un momento después pisaba mi caballo. Acostumbraba a llenar mis días armando figuras con las líneas más fuertes de cada recuerdo, y así no me sentía solo a pesar de los abandonos.

La nube que descubrí esa tarde no era un caballo arrastrando ramas, parecía fogata de pastizal pero fuego no había, el cola de gancho tampoco era porque los perros seguían a mi lado como si nada. Entonces me bajé del caballo donde me pareció el centro del humo y me vi con el polvo de la rodilla para arriba y las botas en un aire limpio. Aquello se volvía irrespirable como el agua así que me tiré al suelo y pude inflar los pulmones. Sobre mi cabeza levantada quedaba un techo bajo, rasante, y de pronto, vi elevarse a los perros como si los chupara el vacío. Junto a ellos unos paraísos arrancados como si fueran yuyos. Traté de rodar y casi no fue necesario porque quedé enseguida afuera de la nube que se retiraba sobre el campo como una carreta grande y de lonas levantadas. Hacia el otro lado, corría desbocado mi caballo, envuelto en su propia nube de polvo.

Hizo un mes y con nadie comenté el suceso. Me reconocieron el caballo en la estancia de Custodio Barragán, sin aperos y lastimado de varias caídas. Cuando fui a buscarlo me enteré de la desaparición de los dos peones que hacían la recorrida en el campo norte de Barragán. Justo el día de la nube de polvo. Se escaparon con los caballos y los recados, me dijo Barragán.

Se los llevó la nube —le dije despacio y serio.

Vamos, Alcides, las monturas eran de la estancia.

A mi la nube me llevó los perros.

Sabe, yo lo que hice fue avisar a los puestos policiales. En algún lado los verán.

Yo estuve en la nube, don Custodio.

Mire Alcides, no sea majadero, yo traté a sus hermanos y ninguno me tomó el pelo. Aquí hace tiempo que no creemos en vuelos de escoba.

Así que entonces me volví con el caballo de la rienda, sintiendo resonar las palabras de Custodio. Era lastimoso como arrastraba una pata y a mi se me hacía cuesta arriba caminar porque se ve insalvable cualquier zanja de porquería, y todo es más difícil, más grandes los pastos, más lejos el horizonte, las cosas más grises y las nubes se caen sobre la cabeza. Los animales saben cuando uno anda derrotado, y será por eso que me mordió una víbora justo cuando dominaba la última loma. Cuando llegué era noche cerrada y me dolía mucho la pierna. Saqué el catre afuera, bajo la enramada, y tuve miedo de cortarme enseguida allí donde se veían los colmillos. Las paredes del rancho me parecieron transparentes, no se perdía la forma pero los ojos seguían de largo donde sabían que tenían que detenerse. Algo como luz de luna había en la forma exacta del rancho. Cuando me acostumbré a ver se presentaron mis tres hermanos que parecían volver de afuera, habían entrado por el otro lado, donde no había puerta, y estaban parados conversando, como si prepararan los quehaceres del día. Sería yo un ovillo en el catre, voz no tenía y quise salir corriendo pero la pierna de la víbora se había vuelto de palo. Me animó la ocurrencia de esperar el amanecer y traer un carro para llevarme todas mis cosas a otro lugar rodeado de gente y de voces. Cuando tanteé el cuchillo para hacerme el corte me di cuenta que las paredes se habían vuelto invisibles y a la altura del techo se hizo visible una mujer desnuda que estaba sentada y movía los brazos en molinete. Tenía varias piedras chicas que las tiraba de una mano a la otra. Se detuvo, golpeó las piedras entre sí y salió fuego. Las tiró para arriba y las sopló para que fueran más alto. Yo vi el momento exacto en que se volvían relámpagos y truenos. Llovió tanto y tan sorpresivamente que no tuve más remedio que entrar al rancho. Me abrazaron mis hermanos y empecé a sentir sus voces; me acariciaron la pierna y dijeron, ya está bien, estás con nosotros, Alcides.

       
 

 

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