Regreso del Garet cuentista

LAS VOCES DE LA MEMORIA

 

por Guillermo Lopetegui

Leonardo Garet no sólo reordena todos aquellos elementos que configuran su interioridad, sino que además reordena o agrega para su aporte literario varios de los libros que hacen a su producción, sea en el terreno de la poesía (Palabra sobre palabra es "otro libro", como lo expresa su autor) como en el de la cuentística, donde su reciente La casa del juglar reúne los cuentos de Los hombres del agua (Destabanda, Mdeo., 1988) a lo que se agrega nuevos ejemplos de su particular forma de narrar una historia.

Entre otros aciertos, la ficción manejada con talento crea fantasmagorías a partir de esa atmósfera real-maravillosa que, en la actualidad, es patrimonio exclusivo de aquellos pueblos que viven consciente o inconscientemente gobernados por creencias ancestrales. Es el caso de Asia, América Latina e incluso de algunas etnias europeas como los irlandeses y escoceses de origen celta, o los vascos de origen hasta ahora misterioso. Si bien este presupuesto se advierte, en el caso de Latinoamérica, en aquellos países con mayor conflicto indígena-europeo,-como México, Perú y Brasil, por mencionar algunos-, donde en todo caso Uruguay es el que escapa menos a esta situación, no es menos cierto que varios de nuestros escritores -empezando quizá por el inaugurador para el Río de la Plata de esa visión cósmica de determinado entorno literario: Horacio Quiroga, tanto en sus cuentos "misioneros" como en aquellos ambientados en Buenos Aires- han pergeñado fantasías trascendentes a partir de realidades cotidianas. Cotidiano por lo vivido en determinada situación, trascendido a partir de una expresión artística a través de la cual -descontando las particularidades de cada escritor- el texto de ficción se convierte en una posibilidad, en arte, de develar enigmas o símbolos con los que se revistió una experiencia pretérita. Cuando, a través de la evolución de una o varias técnicas que van despejando el camino a través del cual un estilo porque, en definitiva, siempre acaba tratándose de un solo estilo adquiere su significado y sentido más profundos, el creador empieza a adquirir la destreza necesaria que lo lleva a reordenar mejor todo un mundo, un sistema, una cosmogonía. Así, las tantas veces mencionadas "leyes propias" de cada creación o de determinado conjunto que pauta un momento dentro de la totalidad de esa obra que se va construyendo en cada nuevo libro, permite no sólo aquilatar el peso del aporte artístico, sino además -como lo expresa Painter en su voluminosa biografía sobre Marcel Proust- otorgarle un nuevo orden fundamentalmente al entorno interior del escritor, en donde quedaron y quedarán siempre las impresiones e interpretaciones, los descubrimientos y los impactos que saldan un muy particular vínculo con el medio que lo rodea. Pero, incluso, gracias a la pergeñación de determinada obra de ficción se llega a comprender mejor las características que singularizan un entorno de otro.

 


 

Las enseñanzas del maestro

 

Nacido en Salto en 1949, Leonardo Garet no sólo es coterráneo de Quiroga sino uno de sus más dilectos alumnos, si bien el autor de Los Desterrados se advierte o se integrará para siempre en Garet principalmente a partir del exacto manejo de determinada técnica narrativa. No hay ni puede haber huellas del salteño emigrado a la Argentina en 1902, en la poética de Leonardo Garet; hasta cierto punto tampoco se encuentra presente en la temática que Garet ha ido ampliando y depurando de un libro a otro, si bien las enseñanzas del maestro se encuentran más que presentes -o sea que han dado frutos más que saludables- en muchos de los cuentos que integran La casa del juglar, pero particularmente en lo que podríamos catalogar de una pequeña obra maestra: "El santo del pueblo", donde en pocas páginas se cuenta, se poetiza y hasta "se canta" con rima interna (justificado entonces el título del volumen) el nacimiento, esplendor, caída y renacimiento de una especie de matrero llamado Luis Araújo Piñeiro. Esta pieza es paradigma del estilo de Garet; confirma el manejo lúcido del material que compone su universo cuentístico; demuestra que todo buen escritor cuenta por ahí, en un principio, con todo buen maestro que tarde o temprano acaba señalándole ese otro tan particular camino a seguir pero que por esto mismo está consolidando una tradición literaria que no sólo se vincula con la evolución "nacional" en el oficio de escribir, sino que se asimila tarde o temprano con una tradición de alcances mucho más amplios, donde quedan de lado los compartimentos, las modal, las clasificaciones caprichosas y hasta los totalitarismos que en más de una oportunidad han pretendido gobernar no sólo los destinos de una historia literaria, sino incluso los procesos mismos de creación.

 


 

Norte realista y maravilloso

 

Ubicando sus ficciones principalmente en el norte uruguayo -aunque, coincidiendo con el Hamed de Orientales, podría tratarse de un norte "oriental" debido a que los personajes sobre todo viven situaciones teñidas de una telúrica que es producto exclusivo de la zona, con su pasado indígena que tal vez se advierta en las características y las actitudes de varios de los protagonistas de estos cuentos-, el autor realiza un proceso de reformulación del universo a partir de las interrelaciones que se advierten, visible o subrepticiamente, en algunas de sus narraciones y en particular en todo el conjunto de cuentos presentes aquí, pero que Garet publicó anteriormente con el título de Los hombres del agua. No obstante, en ese nuevo volumen, los cuentos editados en 1988 pierden su orden original para retornar al lector bajo uno nuevo que, constituido además por las creaciones más recientes y que hasta La casa... habían permanecido inéditas (como el excelente "Prof. Walter Julián Orbis"), redimensiona esos textos; se trataría de una nueva ubicación en esa cosmogonía con "leyes propias" a que hacía referencia Elbio Rodríguez Barilari cuando le tocó presentar Los hombres del fuego (De. B. O., Mdeo., 1993) en el hoy desaparecido Instituto Nacional del Libro.

Cosmogonías, leyes propias, interrelaciones, son algunos de los aspectos que posibilitan eso real-maravilloso que se advierte en la narrativa de Garet, pero que sin embargo -por uruguayo, por uruguayo del Norte, por salteño que tiene muy cerca la orilla occidental y argentina del río Uruguay- se aleja bastante de los modelos del llamado realismo-mágico que hace muchos años puso de moda el García Márquez de Cien años de soledad. En este sentido cuentos como "El viejo y el río", "El negro Wanta", "Josemar" y los ya mencionados de La casa del juglar tributan una técnica y un estilo a determinado ambiente que por vivir, analizar y escribir. Garet ha ido desentrañando en sus significados más profundos a partir de su destreza a la hora de contar historias que vio, vivió o hasta escuchó por ahí, en esa actitud típica del juglar europeo que le ponía música y versos a aquello que llegaba a sus oídos o a lo que signaba algún momento de sus andanzas. Pero en todo caso este universo nace y es posible que se desarrolle gracias a un entorno determinado en el que se confunden la inmigración, el contacto con la frontera y esa nueva cultura que es el producto de lo heredado y de lo enraizado a partir de creencias que una memoria colectiva y no siempre familiar permitió que se alojara en el inconsciente de los protagonistas, llámense Eleuterio en "el negro Wanta", Amalia en "Las flores de Amalia" y hasta ese Viejo que figura en el relato anterior, en "El viejo y el río "Segundo escalón" y otros.

 


 

Entre el impresionismo y la objetividad

 

Leonardo Garet es, en narrativa, absolutamente cuentista; cuentista de brevedades, concisiones e intensidades. Estas características que están de sobra presentes en su más reciente volumen de relatos, tienden a diluirse un poco cuando aborda textos más extensos como "El camino del oro", estructurado además -hay otros ejemplos dentro del libro- en varias partes. Pero también en La casa sobre el juglar se advierte otros hallazgo que no precisamente se vinculan con lo narrado, sino con lo poetizado, con la antiguamente llamada "prosa poética" que en "Los rostros del cuerpo" va viajando por varias viñetas a partir del derrotero sugerido por la topografía sutil de lo humano.

Así entonces, dentro de un volumen de relatos -escritos indistintamente en primera o tercera persona del singular, pero donde en la mayoría de los casos lo que campea es una objetividad producto de un profundo aprendizaje del oficio- no deja de estar presente el poeta Leonardo Garet ("Dibujos", "Clarisa y José", por ejemplo) quien en un texto de estas características a veces está preparando el terreno, creando el ambiente impresionista dentro del que se desarrollara la acción del siguiente. Pero trátese de cuento o "prosa poética", Garet siempre está "contando" lo que ocurre en el ámbito de lo humano o incluso "crea sus canciones" a partir de ese boceto que el escritor va creando en su memoria, sin necesidad de lápiz y papel, producto de la aprehensión que hace del significado que reviste toda vida vivida, celebrada o padecida y que a la hora de crear vuelve de manera casi automática a las percepciones del creador, quizás por aquellos versos que recoge el poemario Octubre: (...) llegar a sentir/ que adentro del pecho/ ensayan sus voces las historias conocidas ("Inicial"), o: El cuerpo de la memoria son las voces ("Cuerpo de luna").

 

LA CASA DEL JUGLAR, Leonardo Garet,

Ediciones de la Banda Oriental, Mdeo. 1996, 160 pp.

Revista GRAFFITI, núm. 72, marzo1997.

 

Guillermo Lopetegui, Montevideo (1955) Escritor, periodista. Colaborador de Noticias, El Día, Lea, El Observador. Autor de mediometrajes para video. Entre sus libros de cuentos: Brujas de aquí nomás (1993), Crepúsculo de los cautivos (1998), Serias picardías (2002).

       
 

 

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