Obras de Carlos Brandy, Ricardo Pallares y Leonardo Garet

 

El navegarse a uno mismo en tres incursiones poéticas

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Si es que a la poesía puede asignársele cometidos, uno de ellos bien podría ser el de desentrañar el misterio de lo cotidiano. Esto sería así en tanto el lector adhiera a algunos creadores para quienes –con Cortázar- el día reviste la posibilidad de circunnavegarlo “en ochenta mundos”, que no es sino el admitir que lo fantástico de todo día, de todo viaje se encuentra del otro lado de esas puertas que permanecen cerradas en la realidad misma de esa jornada, de esa incursión, de esa aventura vital, hasta que el lector, junto al creador a través de su obra, acepta el saludable riesgo de empezar a abrir esas puertas y salir a buscar los múltiples alcances del cotidiano vivir.

Estas posibilidades de adentrarse en nuevos mundos o de salir a buscarlos a partir de ese momento espiritual y estético de interrelaciones, donde se producen procesos de cambio, de modificaciones, de ampliaciones interpretativas en el lector a través del texto, pero también en el texto a través del lector, no necesariamente tienen que obedecer al hecho de que determinada materia poética en sí misma –en este caso la que emana de tres creadores uruguayos pertenecientes a diferentes generaciones- revista búsquedas de lo fantástico. En todo caso podría llegar a admitirse que lo fantástico no siempre tiene por qué estar, sino que muchas veces se crea, se descubre y hasta podría decirse que se invoca en el uso trascendental que haga aquel a quien llega la obra del material que la misma encierra o abre para quien esté destinado a interpretarla y por esto mismo a darle nuevos y a veces múltiples alcances que echan nueva luz en las zonas más dificultosamente exploradas de uno mismo y acto seguido en las zonas menos comprendidas de ese medio externo y continente de ese ser a quien la obra hace devenir en sujeto lector y en aventura permanente de los sentidos. Pero a veces, la lectura puede encerrar esa posibilidad que anota Harold Bloom en El canon occidental, de simplemente “engrandecer mi soledad”, con lo que entonces uno mismo y el entorno quedan igualmente modificados.

 

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Memoria del océano, de Carlos Brandy (Montevideo, 1923), Razón de olvido, de Ricardo Pallares (Montevideo, 1941) y Vela de armas, de Leonardo Garet (Salto, 1949), decididamente son estilos diferentes, búsquedas diferentes y tal vez el nexo que una a estos tres poemarios debiera limitarse a la proximidad de aparición entre uno y otro, puesto que se trata de libros publicados recientemente (2003, 2004 y 2003 respectivamente). Sin embargo, para quien tiene la oportunidad de allegarse a estas tres propuestas interpretativas de determinados entornos intrínsecos y extrínsecos, la lectura primero y la interrelación después puede arrojar resultados provechosos. El simple constatar que en estos tres poetas determinadas imágenes son recurrentes apunta a la posibilidad de aventurar aproximaciones destinadas a dar cuenta de cierta tradición de la sensibilidad presente en la poética uruguaya en general y en estos tres poetas en particular, quienes desde los libros aludidos dan cuenta, por ejemplo, de la inevitable presencia marina que vive y que a veces agoniza junto a amores y desamores y evocaciones inevitables: “Mujer violada,/el horizonte se acuesta/en el océano(...)Ya vendrá el día/y cortesanas olas/morderán el horizonte(...)” (Brandy); “Fiesta de oboes/esqueletos de ballena/alegría de peces/y polleras vivas/entusiasmo silvano/divinos los pies” (Pallares); “alinear las palabras que se bañaron en el agua/con un mosaico nada más que azul/y con otro nada más que sustantivo/levantar el brocal/que protege la página” (Garet).

La poesía intenta ciertas definiciones de quien la pergeña; es espejo donde se refleja no lo que está visible sino lo que está oculto y nunca termina de salir buscando las luminosidades del vocablo elegido, de la articulación trabajada, de la imagen bocetada. Brandy compone desde su asociación con el océano; Pallares, como lo expresa Rafael Courtoisie en la contratapa de Razón de olvido: “desde una extraña serenidad” a lo que agregaríamos una definitivamente encontrada intimidad, mientras que Garet lo hace desde su incansable preocupación por asignar la palabra justa que dé cuenta de ese instante único que atraviesa el hombre en un momento de su sensibilidad. Por eso: “Soy (...)/ese reflejo frágil (...)/(...)/un nombre pronunciado/por amigos/la figura que reconozco/cuando iluminan el paisaje borroso/de una calle de piedras” (Garet); “No existo en el lugar existo en mí/(...)/soy condición/soy piel y soy humedad/cuando siento existo (...)” (Pallares); “Sé que mi especie/vino de sus aguas/(...)/Sé de los naufragios/(...)/(...) hay tanta belleza salvaje,/que también creo en su muerte (...)” (Brandy).

 

3

Así como existe una “historia no oficial” de la sociedad –reflejada en la profusa bibliografía no recogida en los planes de estudio- también podríamos proponer que existe una “historia no oficial” de uno mismo, que es la que por ejemplo deviene en múltiples lecturas de esa otra realidad nuestra, posteriores a aquella que hacemos en este caso de tres poemarios cuyos contenidos apuntan a esas zonas nuestras adonde no llegan los análisis clínicos, los rayos x, los test psicológicos, porque en definitiva el no conocernos o no vernos desde una perspectiva que no hubiéramos imaginado hasta tanto no nos acercamos al texto, no supone necesariamente una “enfermedad” y tampoco una “sanidad”. El no saber de nosotros mismos hasta antes de la poesía no es necesariamente ignorancia; la ignorancia en todo caso podría detectarse en el hecho de negarse a la posibilidad de saber de uno mismo a partir, dentro de una realidad literaria, de la aproximación por ejemplo a tres propuestas poéticas diferentes y complementarias como son estas que nos ocupan. Pero esto también le cabe al creador en tanto el poema se vuelve embarcación que navega ese su país de incertidumbres que se van erigiendo en ciertas certezas en tanto la creación lo acerca un poco más a sí mismo. Y aunque a veces las certezas son dolor, existe la celebración final en el hecho mismo del descubrimiento de que somos esa paradoja de seres finitos que sin embargo van escribiendo la eternidad a lo largo y ancho de una jornada: “lo grave es que está la memoria/(...)/adentro de la casa/la sombra del hombre/hace huella en el cuarto” (Garet); “Destilado y encantado/olvido/(...)/deja marca/ceniza/vuelve desde/adentro de la vida/(...)/tiempo de alta desmemoria/en las piedras/y en las escrituras/siempre mudas” (Pallares); “¡Ah, el viento!/(...)/derribando la luz,/ensombreciendo el cielo./Lo oigo llegar hasta mi casa./Como un marino ebrio/(...)/Amante soberbio,/trae oscuro olor a sal./También trae el miedo.” (Brandy)

 

4

Desde lo efímero el hombre se vuelve a lo eterno; desde lo eterno el poeta le canta a lo efímero. Podría tratarse del cotidiano cometido de la vida esto de andar tentando para siempres desde el aparente despropósito de la finitud. No obstante el poeta, prometeico, baja cotidianamente los peldaños que lo llevan a su propia cueva donde alza la luz del entendimiento echándola por encima de lo que hasta antes de la creación, de ese bajar hasta lo profundo de sí mismo –muchas veces sin hilo de Ariadna posible que lo devuelva o retorne a devenires menos laberínticos o abisales- no podía entender de su propio día. Porque al fin y al cabo el poeta acaba guiándose por el consejo shakespereano de convertirse en médico de sí mismo en caso de que a veces la vida pueda llegar a ser una variante de la enfermedad o como lo expresa Homero Manzi: “una herida absurda” (“Che, bandoneón”) donde lo único que resta es el repaso a uno mismo y a su asociación o contraposición con los otros seres y las cosas, a partir del análisis clínico, de los rayos x, del antídoto que podrían llegar a ser las variantes del sustantivo poesía desde donde el hombre, el poeta, el ser humano, busca su curación cotidiana: “Lo eterno desprecia/la vida efímera./El océano/cuando acaricia hiere./Sólo siente nostalgia del universo (...)” (Brandy); “Casi todo/lo que fue el día/lo he andado/con rumores quietos/y voces (...)” (Pallares); “los días terminan/y nadie reclama/(...)/terminan/ en una foto velada/(...)/pero alguien se acuesta/y apaga la luz.” (Garet)...

... Posibilitando así ese “Renacimiento” de que da cuenta el poema de Garet del mismo título y en general los textos poéticos que conforman cada uno de los tres poemarios citados aquí. Porque como acto amoroso que supone el escribir y el leer desde nuestras particulares circunstancias, cada aproximación al texto es ese eterno morir en nosotros para renacer en este caso en un libro y que el libro nos devuelva a nosotros engrandecidos como expresa Bloom, pero también con la necesaria dosis de inocencia –parecida a esos resabios que nos quedaron de la infancia- que nos permita ser permeables a la aventura de navegarnos a nosotros mismos a partir del amor, a partir de la poesía; en fin: a partir de no temer el encontrarnos y reencontrarnos en esa cotidiana aventura de abrir las puertas hacia lo fantástico que nos reserva cada día de nuestras vidas, cada instancia de nuestras lecturas.

Guillermo Lopetegui

       
 

 

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