EL SUAVE IMPACTO DE LOS RECUERDOS

 


En El canon occidental (Anagrama, Barcelona, 1995) el eminente profesor y crítico norteamericano Harold Bloom (Nueva York, 1930) nos recuerda que la lectura engrandece nuestra soledad; que leer es un acto que desde el punto de vista de la interioridad de quien lo realiza se desarrolla en absoluta soledad. Este saber estar solo –contrario a sentirse solo-puede y debe aplicarse por extensión –y en primera instancia- a quien desde su saber estado solo pergeña textos –poéticos, narrativos, ensayísticos- en donde ocurre ese otro gran acontecimiento para la literatura en particular y para el hecho creador en general: aquellos diferentes componentes de nuestro entorno más inmediato empiezan a adquirir un nuevo significado a partir del protagonismo que les damos en nuestra vida (se trate del escritor o del lector más o menos avezado en el arte de saber desentrañar significados de un entorno aparentemente desprovisto de otra cosa que no sea esa mínima importancia que les damos a ese variado “teatro” de operaciones mínimas donde se desarrolla nuestra cotidianidad).
Partiendo de esta base en donde se va edificando el vínculo del escritor –del poeta en este caso-, con los objetos que lo rodean, es que entonces no podemos sino apelar al Gilles Deleuze (París, 1925-1995) de Proust y los signos (Anagrama, Barcelona, 1972, reedición corregida y aumentada por el autor), cuando el filósofo francés expresa - citando al autor de En busca del tiempo perdido- que “Proust ama la ‘creencia céltica’ de que las almas de los que hemos perdido están cautivas en algún ser inferior, en un animal, un vegetal, una cosa inanimada; perdidas para nosotros hasta el día, que para muchos no llega jamás, , en que pasamos cerca del árbol, en que entramos en posesión del objeto del que es prisionero”.

Liberando los recuerdos

Lo expresado por Bloom y Deleuze es un feliz complemento de ese “suave impacto” que produce en el escritor primero y en el lector después, el reflotamiento de los recuerdos, traídos de la mano por el acto de crear y por el de compenetrarse en la creación. Esto ocurre a partir de la feliz reinterpretación que el poeta otorga a los objetos que se yerguen alrededor de su soledad; que llegan, muchas veces referenciales, a la atención de un lector que, ahora, en este Patio (Yaugurú, Montevideo, 2012) de Leonardo Garet (Salto, 1949), nuevamente a través de la poesía -ya que el autor es, además, un reconocido narrador y recopilador de tradiciones literarias, y se destaca como profundo conocedor e investigador de la vida y obra de su ilustre coterráneo Horacio Quiroga (Salto, 1878-Buenos Aires, 1937)- celebra una comunión de soledad con el lector en versos que rescatan la memoria, la memoria de los días, la memoria de las particulares impresiones de quien escribe, a partir de la presencia –que se va haciendo hegemónica- de un patio que conforma –a efectos del ajuste de cuentas que permite la escritura de los poemas- un nuevo núcleo vivencial de quien lo camina, lo vive, le otorga necesarios significados: “al fin me encontré con la palabra/patio/que acaso Nostradamus/me tenía destinada/clara luna y claro patio/(…)/la luna de los naufragios” (“Patio”, pág. 11).


Cosmogonía de lo hogareño

…Y los lectores se encuentran con el crecimiento de ese gran poeta que Garet ya era y que quedó patentado, entre otros, en títulos como Octubre (Banda Oriental, Montevideo, 1994), el bilingüe (portugués-español) Saída de Página (GT Thomaz-Grupo literario de Artigas, Livramento-Artigas, 2001) y Vela de armas (Alción editora, Córdoba, 2003).
En su más reciente poemario, sin embargo, existe un absoluto dominio del oficio y, sobre todo, de la manera en que Garet quiere expresar impresiones y vivencias de ese entorno íntimo que es el que habita y lo habita.
El patio, como presencia constante en la casi totalidad del poemario (si bien el presente volumen se estructura en dos partes perfectamente compenetrables: Patio y Viejas –siendo voluntad del autor el haber intercalado los poemas de una y otra parte), adquiere características se diría que "cósmicas", como la que presenta por ejemplo en pintura la serie Lunas y rancheríos de José Cúneo (Montevideo, 1877-Bonn, 1977). Es conmovedor la sencilla precisión en los términos al servicio de transmitir imágenes que penetran la soledad de quien las lee y las siente casi como propias: "(...) espacio de silencio/antes que de palabras/habitado por poemas/puro placer de la luz/por dibujar ventanas/brocales de piedra/aguas inocentes y quietas/que solo tienen una esfera/de cielo" (op.cit., pág. 11).

Expresábamos anteriormente que el libro se estructura en dos partes, si bien los poemas, más que mezclarse, se alternan: aquellos que integran la que le otorga título epónimo al libro, matizado por los que figuran con un único título –aunque llevando numeración cada uno de ellos- que nuclea a todos: Viajes. Pero aseguramos que ambos grupos de poemas se compenetran, porque todo el libro se abre a un viaje cotidiano; a esa vuelta al día en ochenta mundos –con que Julio Cortázar nos asegura que en definitiva la realidad es “otra”- y también aquella variada experiencia onírica de Garet, en el volumen de textos donde se destaca una reflexiva narrativa poética: 80 Noches y un Sueño (Linardi & Risso, Montevideo, 2003).

Celebración de los espacios

En este canto a lo cotidiano se advierte un cómodo tiempo detenido, aprehensible; un viaje a las raíces, a esa semilla que no solo florece en la tierra sino que está o estaba aprisionada en las presencias de los seres de donde venimos y de las cosas que, antes que nosotros, habitaron esos seres, quienes impulsados por el poético motor del recuerdo emergen de ese pasado –que, conforme transcurre el Tiempo, se va haciendo cariñoso, pero también remoto- las imágenes de quienes precedieron el deambular del poeta por entre los recovecos de su soledad; ese poeta que se acerca a esos espectros cálidos con un respeto que a veces se vuelve rebelión interior: “me levanto de la silla que fue de mi madre/de mi abuela/de la tierra/con mucho cuidado de no alterar el aire/estiro la mano que va cambiando de fases/(…)/se repite el cuerpo/con sillas/de mujeres que no conozco/y saludan mi presencia/entre dos vidrios/donde mi cuerpo es una mancha de color/y nada más” (“1”, pág. 13).

Los dos poemas citados –que abren el volumen- son una magistral síntesis celebradora de esos espacios que en definitiva están habitados –que tarde o temprano son comprendidos, enriquecidos en su variado caudal significante- y que habitan a ese tan singular ser humano para quien la sucesión de los días, los meses y los años, no son otra cosa que remar continuamente a lo profundo de nosotros mismos -como expresa F. Scott Fitzgerald (Saint Paul, 1896-Hollywood, 1940) en El Gran Gatsby- realizando incansables ajustes de cuentas con esa vida que se escapa pero de la que muchos de sus componentes quedan esencializados y fijados para siempre que nutren el Arte pero que, en definitiva, nutre y engrandece la soledad de quien considera que el mismo es la parte más importante de su paso por este y todos los mundos.


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Guillermo Lopetegui
Playa Pascual, 26 de febrero de 2013.

       
 

 

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