Haz: Visto y dicho

 

Hete aquí un libro suelto (valga el oxímoron), un ojo aireado, libre y lírico, pero con un espejo muy frente a frente: entre quien escribe y quien escucha por dentro palabras que nunca llegarán al texto, entre quien inscribió esa mirada (en y desde la piedra) y quien lo está leyendo.

De tal ojo tal palabra: la que sale y entra fuera y dentro de sí y de página, auscultando lo que hay en el detrás de las máscaras, incluida la de la retórica poética, lo que nunca es cosa fácil de sortear si no se tiene el ojo alerta.

Una mirada que se extiende sobre la lengua y "algo" dice, siendo mucho más lo que paladea que lo que certifica. De ahí esa distancia con la que el lector recibe un auto irónico toque de sabiduría, un desdoblamiento inteligente que conmueve.

En ese “decir a distancia de sí”, los poemas encuentran puntos de fuga: es como si se se largaran solos, como si a partir de ese aparente estarse allí quietitos (en la intemperie mineral de cada verso) se hubieran puesto a hablar por sí mismos, sin importarles si el que está detrás (entre las máscaras de la enunciación) pretende controlarlos, vestirlos con otra sintaxis, remediarlos.

En ese "ver diciéndose" se han liberado las imágenes verbales, así como un ojo se apega naturalmente, o se evade irremediable, hacia lo que le atrae.

Así estas voces desprendidas de su fuente (ojo, boca, retina, lengua) van trazando un hilo, un topos, un tempo, una sonoridad.

Eso sí, desde el principio (o al final, según se lea) dibujan su relación con un asunto con en el que cada lector será cómplice a su manera.

Asunto medular, y tan sustantivo como irrepetible es ese asunto que, al cabo de la primera mirada consciente que echamos sobre el río de la vida, nos interpela: solemos llamarle "tiempo", pero se sabe que es el mayor misterio.

Lúdica y metafísica de la "temporalidad" es lo que Leonardo Garet conjuga en este haz de miradas verbales.

Lo hace desde el pleno disfrute (para el lector y para sí, según percibo) de una libertad en la que se "ve" cómo las palabras van haciendo, a su propio modo, el modo de ser de un universo hecho de lo dicho, lo no dicho y lo apenas entrevisto.

Luis Bravo, mayo 2009.

       
 

 

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