UNA OBRA CULMINANTE

 

Hay que darle la razón al prologuista de El ojo en la piedra, el poeta y crítico Luis Bravo, cuando comienza su texto afirmando: Hete aquí un libro suelto (valga el oxímoron), un ojo aireado, libre y lírico... Pero hay que agregar que es un libro de coherencia estilística y conceptual nada comunes. Todo el volumen posee un clima lírico constante, coherente; un ritmo sostenido, que sin quitarle autonomía a cada texto transforma al conjunto en una estructura necesaria.

Es, además, una obra concentrada. Porque cada verso y cada estrofa muestran las palabras imprescindibles. No siempre podemos decir de un conjunto poético –sí en el caso de El ojo en la piedra- que nada le sobra, y que nada le falta. Poesía, entonces, que elige como asunto los temas esenciales; que los expresa en estructuras textuales que son verdaderas iluminaciones verbales.

Estamos ante un libro transparente, en el mejor de los sentidos; límpido en su decir, sin retóricas ni arborescencias. Pero a la vez profundo.

Estos poemas requieren una lectura meditada (en el sentido que posee el término en las filosofías orientales). Libro solapadamente hermético, que a pesar de las apariencias no se entrega con facilidad a la mirada superficial; que exige compromiso y complicidad en el lector, y una actitud al mismo tiempo creativa y libre.

Dice Garet en el segundo poema de El ojo en la piedra: “porque grandes cosas hacemos / conquistamos territorios honores imperios / cumplimos trabajos barremos la casa / pero dejamos una vela sobre la mesa / sin encender / un almuerzo / sin cocinar”. El poeta le atribuye al TIEMPO (así, con mayúsculas) “cara de Cleopatra”; la referencia a la enigmática reina del Nilo le permite establecer un contraste entre las conquistas y esplendores humanos que registra la historia y las pequeñas grandezas cotidianas, ésas que muchas veces se descuidan en beneficio de lo considerado importante. Esta reflexión –sus referencias y resonancias- lograda a través de un decir sentencioso y coloquial a un tiempo, mediante versos y palabras exactas, ubican al autor en una de las vertientes de la mejor poesía del Siglo XX, la que tiene entre sus exponentes al poeta griego de Alejandría, el gran Cavafys.

Tópicos recurrentes en el arte convocan al poeta. Por ejemplo: la recuperación del origen como transmutación de la muerte. Así es que escribe: “Mis padres andan de visita / por mi cuerpo... /... en mis amigos descubren / los rostros que tuvimos... ... no hay nada como esta visita / para sentir / que ya nada debemos temer de la muerte...” Es una experiencia asumida plenamente y sin angustia la que aquí se recrea; la culpa o el lamento por lo pasado están ausentes. Y lo más importante: logra trasmitir –con genuinos recursos poéticos- ese estado de plenitud donde lo pasado se hace presente y el instante es preludio de lo eterno.

El poeta se nos muestra en El ojo en la piedra no sólo en la plenitud de sus recursos, moldeando y potenciando las palabras con soltura y elegancia. También hay en sus textos ese equilibrio entre hondura y claridad, la natural sabiduría que caracteriza a la verdadera poesía. “No hay diálogo que no se apoye/ en silencios y leyendas/ volviendo a pisar las mismas huellas en la arena”, escribe, en versos que tienen la matemática síntesis y el adecuado misterio que encontramos por ejemplo en la estética de un Fernando Pessoa.

Podemos considerar a este libro la culminación del largo camino poético de su autor. Pero a la vez el comienzo de una etapa de mayor decantación. Leonardo Garet –escritor que transita por varios géneros con solvencia- ha demostrado con esta obra que ya es un maestro en el arduo oficio de poeta.

 

Alejandro Michelena

       
 

 

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